Los pálpitos de Jagua

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Atrapar una ciudad en esa dimensión crecida y franqueable que es su gente, viene siempre a ser un camino ensanchado para el visitante, o para aquellos que arriban con el ánimo de conocerla mejor.

En su espíritu insular y único, Cuba atesora adjetivos múltiples; miradas de campos, lomas y llanos alcanzados por una sola raíz, sentimientos de urbes viejas y nuevas que se entrelazan y van tejiendo la gracia criolla que une y encumbra, más allá de ese pintoresquismo atrevido que nos confirma gentilmente como seres particulares y nos hace saber, por fortuna, que uno está en Santa Clara, Santiago, Bayamo, Matanzas o La Habana.

Moviéndonos por esos trazos prominentes y raigales del centro sur del archipiélago, es admirable la nota armoniosa y exquisita de un pueblo dominado por los enigmas marinos y los felices augurios, desde tiempos aborígenes, de una bahía tan legendaria y rica como pocas.

Cuentan que los primeros en habitarla fueron los siboneyes. Después los taínos, ceramistas, artesanos textiles y fabricantes de hachas petaloides e ídolos fálicos, asientos y ralladores de yuca, que irrumpieron y avasallaron al siboney. Con los recuerdos aún movedizos de estos pobladores originarios se perfilan hoy muchas de las historias del otrora cacicazgo de Jagua, suelo que por entonces apenas iniciaba una ruta de visualidades interesantes, aguzadas temprano con la incómoda ojeada de la conquista española y contemplada más tarde con el esplendor fatigoso de aquellos colonos franceses que en los umbrales del siglo XIX forjaron la regularidad, el conglomerado y los desvelos más nítidos de tan bella comarca.

Pero en honor a la verdad, sin el mar esta fracción terrenal acrisolada en las tibias aguas del Caribe fuese otra. Solo basta que el recién llegado o el amigo cariñoso de este sitio se muestre interesado en desandar las anchas calles de la urbe para que atestigüe ese entusiasmo ecléctico que lo galantea todo, y hasta comprenda que un período de la vida aquí, por muy pasajero que parezca, pudiera ir y venir como el movimiento tranquilamente agitado de las olas.

Y es ahí, entonces, cuando el ánimo de uno se ve tentado a conquistar, o al menos aproximarse, a la cienfuegueridad, esa noción que trasciende el esplendor de lo físico y ha de encontrarse en el espíritu elegante y versátil de quienes la habitan.

Lo esencial de esta ciudad elogiada con pericia por el Benny acaba siendo para sus artífices esa complicidad extraordinaria con lo suyo, ese saberse orgulloso y feliz al mismo tiempo en medio de tantos aires de modernidad.

Claro que este lugar es mucho más que cimas naturales, destellos como perla y postal turística, mucho más que parque, prado y malecón, mucho más que multitud deseosa, apresurada y pulcra, mucho más que fasto.

Cienfuegos, al igual que algunos rincones mediterráneos, lleva consigo embrujos más profundos, esperanzas que se anuncian, conjeturas nuevas. Y todo eso, entre la expectativa y la nostalgia del que llega, aún está por descubrir.

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