Las estrellas se apagan a los 27 - Opinión

Las estrellas se apagan a los 27

Autor:

Michel Contreras

Amy Winehouse es una cantante británica de soul. Mejor dicho, es una espléndida cantante, capaz de afrontar los tonos graves con proverbial soltura, arrollar en la última ceremonia de los Grammy —cargó con cinco premios—, y recibir halagos de los críticos más contenidos del mundillo musical.

Muy joven, muy delgada, tiene ya un disco de culto, Back to Black, y millones de fans que, en el clímax de la devoción, incluso imitan su peinado en forma de colmena. Pero Amy está triste, como la princesita de Darío. Padece una enfermedad llamada «droga».

Hace poco volvieron a internarla en una clínica de Londres, aquejada esta vez por una infección en el pecho (antes había ingresado allí por enfisema pulmonar). Cuentan que luce demacrada —más de lo habitual—, y sus amigos adelantan la posibilidad de que no cante nuevamente, estropeada la voz por tanta francachela.

Presurosa, la chiquilla ha desmentido tal rumor. Dice que pronto grabará, pero el video aparecido en su página web no es suficiente para ahogar la incertidumbre.

Sucede que, desde hace mucho tiempo, Amy Winehouse cultiva una amistad brutal con la adicción. Por eso ha conocido el frío de la cárcel y el aislamiento hospitalario, ha agredido a sus propios seguidores, la han sorprendido en un hotel noruego consumiendo marihuana, se han difundido sórdidas imágenes en las que fuma crack…

Es más: ni siquiera pudo recoger personalmente sus merecidos galardones en el ritual del Grammy. Alegando «uso y abuso de narcóticos», Estados Unidos le denegó el visado, y aunque luego se reconsideró la decisión, el autorizo le llegó a destiempo a Amy. Era su noche grande, y apenas pudo presentarse en el teatro vía satélite.

No se trata de un caso excepcional. La fama sube como el humo —porque siempre es más frívola que el aire—, y hay mucha estrella que se ha creído Sol.

La música lo sabe. Janis Joplin, la inolvidable Bruja Cósmica, el símbolo femenino de la contracultura en los 60, la mejor intérprete blanca de rhythm and blues en la historia del rock, era la reina de los hippies. Acerca de la droga, afirmaba que «nada que se siente tan bien puede ser malo». Sin embargo, murió por sobredosis de heroína en la habitación de un hotel hollywoodense.

Jim Morrison, aquel poeta loco que lideró a The Doors, fue encontrado sin vida en la bañera de su apartamento parisino. Más que un símbolo sexual y un provocador insuperable, el Rey Lagarto había sido un genio con ropajes de héroe, ultimado por una diabólica «heroína».

Si evocamos al más rutilante de los guitarristas, la adicción vuelve a sentarse en el banquillo. El hombre que podía sacar acordes con el instrumento por detrás de la espalda, contra el soporte del micrófono y —¡oh, maravilla!— con los dientes, hizo del desenfreno un estilo de vida. Guitarra en mano, Jimmy Hendrix consiguió simular sirenas antiaéreas, bombardeos y otras escenas de batalla, pero murió del modo más vulgar, asfixiado entre sueños por un vómito de fármacos y alcoholes.

Tan solo dos ejemplos más, y punto. Kurt Cobain, la cabeza pensante de Nirvana, se dio un tiro en la cumbre de su éxito, luego de emparentarse con más drogas que los laboratorios antidopaje. Y Brian Jones, figura legendaria de los Rolling Stones, amaneció flotando en su alberca privada, presuntamente por exceso de cocaína.

Todos ellos —Joplin, Morrison, Hendrix, Cobain, Jones— fueron músicos de raza, y todos escaparon de la realidad como la memorable Lucy de los Beatles, que vivía «en el cielo con diamantes». Todos ellos —la coincidencia es espantosamente cierta—, fallecieron con 27 años.

Amy Winehouse, ese portento enfermo, ya cumplió 25.

Nota: Desde hace dos años, esta crónica publicada en el periódico El Habanero vislumbró la posibilidad de que la excepcional británica muriera a igual edad que sus referidos antecesores, superada por la adicción a los estupefacientes. Este fin de semana los medios de prensa internacionales reportaron que la Winehouse fue encontrada muerta en su casa del norte de Londres. Tenía 27 años, y una voz asombrosa.

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