Cachirulo - Opinión

Cachirulo

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Rubén Valdés lleva en su barba el color desteñido del tiempo. Su cuerpo extraña la agilidad y la presteza con que solía andar antaño. Es ahora su lecho, en la tercera habitación de la casa, el refugio de tantos pensamientos, la añoranza por una profesión con la cual se ganaba aplausos en la escena y el pan diario.

Echa de menos esa época y el ser llamado Cachirulo. Se dedicó por mucho tiempo a «dibujar» entre notas musicales al hombre y a la mujer del campo. Muchas veces comprendido por el público, otras no, Rubén tocaba su guitarra como un acto de fe y redimensión humana.

Se sintió siempre un artista de la gente. Porque precisamente en ese empeño de capturar la sencillez de su público, se especializó en observar cómo bailaban. Llegó a disfrutar tanto de las danzas campesinas en su natal Las Tunas que, gracias a él, se tiene constancia de las coreografías más usuales de cuatro décadas atrás.

Creó un grupo cuyo arte reverenció la música guajira. Recorrió con él bateyes y pueblos de la región para que no se olvidaran de quienes hacen poesía desde la candidez y llevan en sus hombros los vestigios de una tradición decimista, que peregrina por la Isla desde la llegada de las mismas embarcaciones guiadas por Colón.

Cachirulo llamó a su agrupación Brigada Artística Cucalambé, para dejar plasmada la admiración que siempre le ha profesado a Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, ese bardo tunero que se inspiró en las riberas del río que atraviesa la ciudad y describiera en décimas las costumbres de sus coterráneos en el texto Rumores del Hórmigo, fina estampa de su pueblo allá por el siglo XIX.

Como buen hombre de familia, Rubén siempre ha prestado atención a los mínimos detalles de su hogar, que construyó con la misma pasión que le ponía a sus actuaciones. Sus cuatro hijas y seis nietos son sensibles al arte y eso basta para él.

En los años 90, cuando decidió decir adiós a su vida laboral, se desempeñaba ya  como «ponchero» en la Empresa Porcina. Pero aun así, Rubén no renunció a seguir defendiendo los acordes del sonido campestre, por lo que gustaba de pasar tiempo con Mongo, aquel sobrino fiel y seguidor de sus ideas musicales.

Ambos ofrecían «presentaciones» memorables frente a los suyos y a los curiosos del barrio. Entonces Cachirulo, sin proponerse ser un grande de las letras y sin conocer los versos de Vallejo, Neruda o Miguel Hernández, era capaz de ensalzar con su verbo la belleza de los paisajes rurales de la región.

Fue Cachirulo el poeta más cercano de mi infancia. Lo tuve siempre allí, frente a casa. Y volví a evocarlo artista en mi última visita a Las Tunas, cuando se le recordaba en una escueta nota del programa de la gala final de la Jornada Cucalambeana.

En el espectáculo Trina, laúd, por mi bardo, los conjuntos Cueybá y Orígenes escenificaron el papelón, la calaza y un número de danzas que innegablemente conservan la huella de Rubén. En esa velada se le reconoció como el primer investigador de «los bailes tradicionales tuneros, que cumplen 40 años de su primera puesta en escena por la Brigada Artística Cucalambé, dirigida por Rubén Valdés, “Cachirulo”».

Lo triste es que se le recuerda haciendo únicamente la mención de su nombre como contribuyente a «la preservación de una tradición».

Pero sucede que Rubén no «se nos ha ido». Está junto a su familia, en el barrio tunero de La Victoria. Realiza cada día el humano acto de inhalar-exhalar, y con ese ejercicio involuntario desafía a la desmemoria, aguijonea al olvido.

Solo bastaría que en ese viaje que todos recorremos por la vida —como describiera Silvio a ese largo y azaroso periplo en una de sus canciones—, a Cachirulo le llegue, en persona, la copla de la gratitud.

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