Viaje necesario a la identidad

Autor:

Jessica A. Jiménez Duquesne

La historia es el legado de los siglos pasados que conforma las memorias de un país, región o cultura; pero más allá de su valor patrimonial, porta también el sentimiento y la actitud nacional ante los hechos del mundo.

Ella no solo comprende las luchas independentistas y sus figuras principales, como algunos contemporáneos me han señalado. También la cultura y la configuración de la identidad cubana en todos estos años forman parte de lo que académicamente llamamos historia de Cuba.

Esa distinción de portar nuestra identidad y servir de brújula subraya la importancia de enseñarla y aprenderla cual si se tratara del más fascinante de los viajes a través del mundo del saber, fijando en niños y jóvenes la emoción y el interés que, con el tiempo, abra puertas al análisis más profundo de los hechos y sus protagonistas.

Es saludable la preocupación con que muchos miran el hecho de que algunos jóvenes no conozcan nuestra historia en profundidad. En estos casos, una breve indagación basta para confirmar que se percibe la materia como una fría meta docente, visión que resulta contraria a la cristalización de un sentido de pertenencia y a la apropiación de aquello que nos reconoce como hijos de este país.

Por el significado de la historia en la formación de un joven patriota e integral, esta visión mecánica y pragmática nos coloca ante el reto de precisar sus causas y obrar para que su enseñanza cautive.

Lo anterior ayudaría a comprender una idea que repitieron los niños durante los debates del último Congreso pioneril: la falta de motivación que respecto a las clases manifiestan estudiantes que dicen aburrirse en los turnos de Historia y preferirían que se profundizara más en los contenidos, y se abordaran de modo que los alumnos puedan fijarlos mejor, incluso mediante visitas a lugares relacionados con protagonistas y eventos históricos en el entorno comunitario y local.

José de la Luz y Caballero enunció que enseñar puede cualquiera; pero educar, solo aquel que sea un evangelio vivo. Viéndolo así, el desafío mayor está en manos de los profesores, quienes han de perfeccionar  sus métodos para estimular al estudiantado y enamorarlo de nuestra historia. Solo se logra transmitir un sentimiento hacia algo cuando de veras se siente, y ello resulta tan válido para enseñar la historia como para enseñar a los «pinos nuevos» a ser buenos maestros.

Muchos vinculan el oficio del magisterio con la experiencia, y puede que en ello tengan algo de razón. Un tiempo mayor frente a los alumnos deja una cosecha de vivencias y ternuras acumuladas, a más de corroborar la certeza de verdades y métodos. Sin embargo, lo esencial es el tesón y la constancia de un profesor apasionado con ayudar a otros a emprender el viaje del saber.

Nuestro sistema educacional da pasos para mejorar la selección de los jóvenes docentes y elevar el rigor de su preparación. Los últimos cursos vieron el renacer de las escuelas formadoras de maestros, programa que ahondará la superación profesional y ética de quienes se asoman al maravilloso mundo de enseñar. Es cierto que a veces se produce un divorcio entre calidad y vocación, pero la orientación vocacional puede ayudar desde muy temprano a reducir ese conflicto y descubrirnos a jóvenes con amor al magisterio y capaces de exigirse más en su proyección hacia los alumnos.

Los padres también han de pensar un poco más en crearle a niños y adolescentes climas propiciatorios de aprendizaje. Las visitas a museos, los encuentros con combatientes y otras iniciativas que se generen de conjunto con la escuela pueden acercar la historia de Cuba a quienes serán nuestro relevo, sembrando de paso los pilares para que entre esos niños surjan los maestros del futuro.

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