La parranda

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Camajuaní suele estar en vilo toda la noche una vez al año. El pueblo cambia sus contornos rutinarios y, por 24 horas, se convierte en una historia alucinante.

El sábado de parranda ritualiza una añeja tradición, una celebración sin par que se sale de los conceptos del carnaval clásico para irse a colorear lo más sublime del arte, tomando como recurso todo el caudal anclado en la literatura universal y nacional.

En la calle que bordea el parque de la localidad villaclareña, tal costumbre retrata a su gente como un espejo en el que se refleja la prestancia de quienes allí residen, en el empeño por mantener y continuar la historia parrandera.

Dispuestos están los moradores a hurgar en sus barrios antológicos de San José (sapos) y Santa Teresa (chivos) y sacar en una jornada del calendario toda una visión del arte y de la vida, como sabios defensores de ese equilibrio natural que nos hace humanos y sensibles.

Chivos y sapos emprenden un sorprendente viaje cada 19 de marzo —antes se escogía el último fin de semana de agosto—, fecha que venera al patrón religioso del pueblo: San José. La discusión de las «salidas» barriales es la comidilla del municipio en los días previos a la parranda. Quienes se ganan la apertura deberán mostrar sus atributos entre las 12 de la noche y las 3:00 a.m., mientras los que cierran los festejos solo tendrán para hacer su demostración entre las tres y las seis de la mañana.

Las «radios barriales» amplifican frente al parque algunos de los adelantos del jolgorio, pero siempre dejan a la expectativa las sorpresas que cada zona pondrá en práctica.

Todos saben que el espectáculo que veremos el sábado protagonizado por ambos bandos, romperá con el contagioso changüí, para luego dar paso al recorrido de las carrozas y la tirada de la cascada (una tríada fabulosa de luces artificiales).

El gran fuego cierra la sui géneris presentación, un momento muy esperado en el que cada club muestra su arsenal de pirotecnia, compuesto por palenques y voladores, con un impacto sonoro muy estridente. Es la durabilidad de ese acto uno de los puntos que más miden los seguidores de cada bando para conformar su veredicto sobre el ganador.

Recuerdo con nostalgia esa pincelada de mi infancia, cuando insistí a mi tía Bella para bailar la comparsa de Flora, una mujer que de día ilustraba a sus alumnos en las aulas, para en la noche dedicarse a crear coreografías.

Fue en la tienda Las tres Marías donde finalmente Bella encontró la tela, que al decir de Flora «identificara esa mezcla de culturas que sintetizan lo cubano». Para mi tía, la agónica búsqueda fue premiada con la alegría propia y de tantos otros que disfrutaron de nuestros contagiosos pasillos.

Porque para «la Bella», como la conocían en Camajuaní, la parranda era un momento de dignificación, donde su fidelidad al barrio de los sapos se exacerbaba, aunque algunos cercanos no le perdonaran que mostrara sus dotes culinarias a los vestuaristas del bando contrario, como fiel compromiso contraído con Eloy, su amigo de los años, presidente del club de los chivos.

Carrozas memorables ha habido muchas. En ellas va el ingenio de sus creadores y la calidad histriónica de los figurantes. Mi tío Boche conserva con celo un libro que recoge cronológicamente los festejos desde sus comienzos hasta las décadas del 70 u 80.

Lo cierto es que Camajuaní ha sido sitio de una persistencia enorme. En muy contadas ocasiones el pueblo ha dejado de celebrar su fiesta, una convocatoria que no cerró ni en los difíciles años 90. Es que allí saben que la ceremonia sabatina tiene un claro resultado: retrata las esencias donde está anclada nuestra identidad, dando como vencedores a los pobladores, en fin, a sapos y chivos.

Y en lo personal la tradición viene arropada por la feliz remembranza de aquellos momentos de enjundioso solsticio artístico, donde la familia se juntaba como otro modo de estrechar los lazos y recordar que uno pertenece al lugar donde nace.

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