Los «tirapiedras» de Manzanillo

Autor:

Osviel Castro Medel

Muchos de ellos partieron ya a la sobrevida. Otros permanecen todavía en el lugar que acrecentó sus poros y sus venas: Manzanillo.

Allí todos, sin excepción, hicieron y sudaron por la Revolución. Y no pidieron nunca un pedestal de bronce ni una tarja ampulosa. Allí ganaron el mote de «tirapiedras» porque en épocas anteriores a 1959 convulsionaron las calles con protestas antigubernamentales en las cuales las armas primeras fueron las piedras y sus gargantas rebeldísimas.

Ellos y ellas —pues también tenían en sus filas mujeres incansables como Elvira Ortiz o Margarita Figuerola— estuvieron codo a codo con el Che aquel noviembre impetuoso de 1959 en el Caney de las Mercedes, como protagonistas del primer trabajo voluntario masivo en Cuba, un hecho que zarandeó no solo la Sierra Maestra sino también al resto de la nación.

Pero lo más hermoso en la historia de los «tirapiedras» (trabajadores del calzado y de los gremios más humildes de Manzanillo) es que después de aquel 22 de noviembre del 59, que a otros se les perdió del almanaque, siguieron convirtiendo los domingos en días de fiesta de trabajo rojo... o verde, según se mire.

Lo más hermoso es que nunca borraron la imagen del Che rompiendo rocas a mandarria limpia en una cantera, en lucha admirable contra el asma; y que mantuvieron ese recuerdo vivo a despecho del tiempo, de la estrechez económica y de quienes les endilgaron el calificativo de «comecandelas».

Ayer justamente, en la ciudad de sus huelgas y ensueños, algunos, los que pudieron, repasaron con lágrimas o suspiros profundos esos pasajes vinculados al Guerrillero y al amigo. Y evocaron bañados de nostalgia que después de aquellas jornadas de labor ininterrumpida había aplausos —que sabían a gloria— para los mejores, actuaciones de aficionados, risas cómplices... palabras orientadoras del líder.

Cada vez que llueve el recuento, los «tirapiedras» echan de menos al Che y a su método inmejorable de dar el ejemplo personal; se resienten la ausencia de Walfrido Estrada, el veterano dirigente del Partido Socialista Popular en la Ciudad del Golfo, quien tanto luchó por escribir un libro sobre esas hermosas jornadas.

Siempre que reviven el reloj pretérito, llegan a la misma conclusión: el trabajo voluntario verdadero —y no el trastrocado en cupón para ganar méritos—, ese que estimula el alma y el cerebro, y moldea en el carácter un sitio para la laboriosidad y el sacrificio, sirve para demostrar que «el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía», como subrayaba el Che.

Cada vez que viene el inventario histórico algunos «tirapiedras» se duelen por ciertos olvidos más allá de fechas puntuales; pero todos en sus adentros continúan insuflando a la eternidad las palabras que les dijo el Comandante de América aquella jornada de noviembre al lado de los cimientos de la que luego sería la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, en el Caney de las Mercedes: Ándele, che, ¡al trabajo!

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