Mi familia es la Humanidad

Autor:

Armando Hart Dávalos

La Conferencia de las Naciones sobre el cambio climático que acaba de finalizar en la ciudad de Durban, Sudáfrica, ha sido el escenario donde se han desplegado, una vez más, los esfuerzos de la abrumadora mayoría de la comunidad internacional por alcanzar un acuerdo vinculante para hacer frente de manera eficaz al cambio climático, frente a la intransigencia de los principales países industrializados para asumir compromisos serios que reviertan o atenúen la grave situación actual.

Es un ejemplo más que viene a confirmar la imperiosa necesidad de buscar fórmulas que permitan la más amplia movilización para revertir esta situación que nos conduce directamente al fin, no solo de nuestra especie, sino de todas las que comparten con nosotros el planeta Tierra.

Cuando enferma un miembro querido de nuestra familia y su vida está en peligro, sus familiares se ponen de acuerdo para hacer lo posible por ayudar a salvarlo y a contribuir a su recuperación. Incluso en aquellos casos en que entre los miembros de la familia existan contradicciones y discusiones graves, se pasan por alto las divergencias para encontrar la forma de salvar al familiar en peligro de muerte. Pues bien, nuestra familia, la Humanidad, está enferma de gravedad y, por supuesto, ninguno de los miembros de la familia, si somos honestos, dejaría de hacerlo. Esta es la grave situación en que se encuentra mi familia: la especie humana.

Por eso, no renuncio a mis convicciones e ideas y sigo reclamando que todos las respeten, pero quiero unirme a la familia humana para hacer un esfuerzo por evitar una catástrofe que amenace la existencia de toda la Humanidad.

Todos los imperios, en el momento de fenecer o en el proceso final de su existencia, emprenden acciones desesperadas para tratar de detener lo inevitable. El imperio hegemónico, ansioso de perpetuar su dominación a toda costa, acude a violaciones flagrantes del derecho internacional, a la amenaza del uso de la fuerza y no vacila en emprender agresiones en gran escala con el propósito de asegurar la explotación y el saqueo de los recursos naturales en todo el mundo, en especial de los energéticos.

El modelo consumista y derrochador impuesto por el capitalismo provoca el aumento de las desigualdades y la destrucción sistemática del medio ambiente. La sexta parte de los 7 000 millones que habitan nuestro planeta vive en condiciones de extrema pobreza, y de ellos ocho millones mueren cada año por hambre y enfermedades curables.

No hay nadie excluido de este gran problema. Tenemos, pues, que hacer un esfuerzo por cooperar, desde diferentes ideologías o credos, para salvar a la familia humana.

Frente a las amenazas que se ciernen sobre nuestra especie no podemos permanecer impasibles. A los más jóvenes, que tienen una vida por delante para realizar sus sueños y lograr para ellos, sus familias y descendientes el bienestar y la felicidad, me dirijo especialmente con un mensaje de amor y de compromiso para que asuman su puesto en este combate. Los que estamos ya en la recta final de nuestras vidas, y no es concebible que vivamos mucho más, debemos hacerlo por honestidad y cordura y por un sentido de responsabilidad hacia los que nos sucederán.

Por eso, invito a todo ser humano, cualquiera sea su edad, ideología o creencia religiosa, a que haga uso de su «facultad de asociarse», como dijo Martí, a que nos unamos y actuemos para salvar la Humanidad de una catástrofe irreversible y abramos el camino a soluciones sensatas que propicien ese mundo mejor en el que el bienestar, la justicia social y la equidad tengan un verdadero alcance universal.

En este mundo, en el que salen a la calle multitudes de indignados, yo también me indigno contra aquellos que por codicia y por estrechez de miras actúan de manera insensata y están conduciendo a la humanidad hacia un callejón sin salida. Cada ser humano cuenta en esta lucha y quiero que me incluyan entre los que están comprometidos a actuar para salvar la vida humana sobre la Tierra. Lo hacemos en acto de lealtad a José Martí y a sus ideas, e inspirados en aquella sentencia suya: «Hacer es la mejor manera de decir».

Como he planteado antes, no nos sobra el tiempo para salvar a la familia humana.

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