La magia

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Prestidigitadora de los sueños, la magia es capaz de obrar milagros. Mas, ¡ay! cuando se desvanece. Se van, como arrastrados por el agua de un temporal, los aparentes imposibles que habían estremecido el corazón y…

Pero, ¿quién dijo que no? La magia todo lo puede. El público queda suspendido en el aire junto al cuerpo de la mujer que, al tercer toque del bastón, levita de la mesa donde permanecía tendida, adornada la cabeza con un tocado de plumas. Allá va… Se eleva hasta casi rozar el techo de la carpa y los asistentes ascienden con ella: el alma en un hilo, la boca abierta, y una indescriptible sensación de felicidad antes de estallar en rotundos aplausos cuando el mago, luego de dar una palmada, la deposita, igual de lenta y sutilmente, sobre la superficie plana.

Mas no es un arte sencillo. Un pequeño desliz, y la ilusión se habrá ido abajo con más estrépito que si se hubiera desplomado el mismo cuerpo.

Por eso sería una verdadera desgracia que escapase de entre las manos del mago la paloma que, al alzar vuelo, descorrió la cortinilla de la caja donde aguardaban, bien escondidos, los conejos que luego, ante el asombro general, se tornarían pañuelos caídos del cielo.

Más difícil y mucho más impactante resulta la levitación. Se ha comprobado que pocos magos saben mantener por más de unos pocos minutos el cuerpo flotando. Y, aunque en espectáculos muy, pero muy exclusivos se ha logrado, se conoce también que resulta aún más complicado que algún mortal pueda elevarse por sí solo.

Aunque no hay estudios que lo certifiquen, extraoficialmente se estima que solo Remedios la Bella, la criatura celestial de García Márquez, ha podido hacerlo, sacudido su solitario corazón por el aletear de las sábanas con las que se empinaba, mientras abandonaba el peso de los sinsabores en el patio desde donde la miraba irse, atónita, su tía Amaranta. Que se sepa, es también la única afortunada que después de levitar nunca más bajó, por lo que se infiere que concluyó sus días en aquel feliz estado de gracia.

Es una pena que la ciencia no dedique algún tiempo a analizar el promedio de magos que saben mantener a la atractiva asistente de sus números levitando. Si lo consiguieran, y luego pudieran establecer el cómo, quizá podría proveerse de mayor y más duradera placidez a los habitantes de la Tierra donde, como seguramente ocurre también en otros planetas, la felicidad es poca, efímera y muy escasas veces plena.

Porque, descubierto el cajón desde donde subrepticiamente el prestidigitador hacía saltar los conejos, se rompe inevitablemente el encanto.

Entonces el espectador sentirá que perdió su boleto y regresará, cabizbajo, a casa. Pero, impenitente amante de la magia que todo lo envuelve, en su recuerdo perdurará el acto del ilusionista. Así que, aunque no tenga a mano ninguna de las sábanas de las que se asiera Remedios, se tenderá a todo lo largo sobre el piso, pondrá la mente en blanco, y pedirá desesperadamente que, como la mujer del teatro, sea su cuerpo el que levite.

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