Arrollando la inocencia - Opinión

Arrollando la inocencia

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Detrás de la inocencia que muestran algunos niños al jugar a «matar» pueden esconderse actitudes irresponsables en el futuro; y aunque el hábito no hace al monje, al menos lo identifica.

Menciono esto porque hace unos días varios pequeños se divertían en grande evaluando el pulso de cada cual en una porfía de habilidades al volante de un novedoso chevy de juguete, al que orientaban a través de un aparato de control remoto contra tres soldaditos —entiéndase figuras humanas—. Quien acertara «arrollarlos» más rápido recibía la mayor cantidad de aplausos y gritos de victoria.

Tal vez algunos piensen que se trata de un pasatiempo inofensivo —y puede que tengan razón—, pero si la formación de la personalidad es un proceso de sedimentación de conductas, valores e influencias, ¿no podría la «ingenua violencia» demostrada en el juego ser un patrón que prevalezca en el futuro? Vale la pena reflexionar.

No es secreto, porque así lo establece la Ley, que es responsabilidad de los padres formar el carácter de sus hijos.

De este modo, cabe preguntarse qué factores influyen para que el niño de hoy se comporte de una manera u otra en el futuro y si eventos como el narrado anteriormente pudieran moldearlos.

Porque cuando aparecen conductas inapropiadas, una atención a tiempo pudiera instruir, corregir, proteger y dirigir sus pasos en aras de hacer de ellos personas emocionalmente estables.

Aunque no se trata del mismo contexto, una referencia interesante la ofrece un estudio publicado por la Asociación Americana del Niño y del Adolescente, en el que se aclara que padres alcohólicos tienen mayor probabilidad de que sus hijos los imiten, en comparación con no adictos; e igual suerte corren los drogadictos, y personas que practiquen algún tipo de violencia.

Varios especialistas sostienen que el afán por cumplir las obligaciones diarias, sumado a las rutinas hogareñas, aleja a muchos padres de las realidades de sus hijos. Ello no representa un estado de abandono en sí mismo, pero produce un efecto de «supuesta libertad» en la que el menor se siente emancipado en su propio mundo y da rienda suelta a su imaginación sin la necesaria supervisión adulta.

Es ahí cuando juegan a ser los conductores «duros» e «implacables» que aplastan a su paso todos los obstáculos —incluidos seres humanos imaginarios— para escapar de la simulada persecución y a otras imitaciones más agresivas que en ocasiones los mayores no alcanzan a aquilatar en toda su dimensión.

¿Cuántas veces interrumpimos los quehaceres para jugar con ellos, hablar de sus preferencias, explicarles por qué esto es correcto y aquello no, ayudarlos a resolver cualquier traba que surja durante su sesión de recreo, detener una intención de violencia sin imponer nuestra voluntad, sino advirtiendo de sus consecuencias u organizando espacios de actividades que favorezcan su desarrollo social? Siempre podremos hacer más.

Coincidirán entonces que «arrollar muñequitos» no es precisamente un ejercicio que beneficie un estado emocional estable, aunque se trate de un inocente juego de niños.

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