¡Por favor, un curso!

Autor:

Diego de Jesús Alamino

Muchas personas, con muy sana razón, reclaman por su superación y se lamentan de que no se les ofrezcan cursos en sus instituciones laborales.

Resulta muy pertinente un curso cuando se introduce una nueva tecnología, para entrenar a los que necesariamente tienen que ponerla en práctica. Así ha pasado con trabajadores vinculados a la electrónica, que en un período no muy largo de tiempo han tenido que transitar de los tubos de vacío, de viejos TV de los que ya casi nadie se acuerda, a los circuitos integrados, pasando antes por transistores y diodos.

Un graduado universitario, durante su vida laboral, que puede estimarse en 40 años, podría verse ante la disyuntiva de que su especialidad «desaparezca»… Tal es el ritmo de la Revolución Científico Técnica, que obliga a la recalificación y a la actualización. Para esto deben necesitarse cursos, como también para la profundización en la misma especialidad. Pero… ¿todo podrá resolverse con un curso o siempre con cursos?

La historia, los que la hacen y las publicaciones aportan todos los días algo nuevo al conocimiento de hechos, personalidades y sus valoraciones críticas. Si no hubiéramos estado al tanto de las palabras del General de Ejército Raúl Castro, seguiríamos pensando que la dura frase dicha en Alegría de Pío se debía al Che y no a Almeida. ¡Cuánto podríamos conocer de la historia de nuestro continente leyendo a Galeano en Las venas abiertas de América Latina! Más que un curso para hablar y escribir bien el español, pueden aportar las sistemáticas pinceladas de Celima Bernal aparecidas en la prensa. Si de actualización en asuntos económicos se trata, muy útiles pueden ser los comentarios de Ariel Terrero…

O sea, los cursos están en el ambiente, amén de otras fuentes más especializadas como pueden ser las mesas redondas informativas y Universidad para Todos, con sus emisiones televisivas y tabloides.

Otra arista de los cursos se manifiesta cuando significan obligatoriedad para el que debe asistir, en lugar de resultar un asunto de interés y satisfacción. Por otro lado está presente la tendencia de los que optan por cualquier curso con independencia de quién sea el disertante o cuál la temática, atraídos por la actitud «meritocrática» de acumular certificados. ¿Podríamos medir la ejecutoria de Albert Einstein o de cualquier relevante científico por la cantidad de certificados de cursos que pudieran obrar en sus expedientes?

Como hay muchos caminos que conducen a Roma, también hay muchas formas de lograr la superación y no son estrictamente las de recibir un curso. Incluso una maestría, si se hace por cumplimentar un requisito y no por aspiraciones o necesidades reales de superación e investigación, muchas veces queda en la ostentación del título y la ventaja económica. Si se quiere alcanzar Roma, sería una buena opción transitar por la amplia avenida de la autosuperación y recordar al Apóstol: «Leer es una manera de crecer».

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