El beso de Lina

Autor:

Nyliam Vázquez García

La luz danzaba a su aire. El verde era más verde y todo brillaba, o eso me pareció. Tengo la certeza de que en Birán las reminiscencias de la lumbre forjada allí son visibles hasta en las noches más oscuras. De todas formas, era temprano y olía a fresco y a buenos presagios.

La mayoría del grupo ya había estado en las tierras que don Ángel Castro hizo prósperas, en la casa donde Lina era la tormenta que todo lo ordenaba y nada se movía sin que ella lo supiera (cuentan que incluso don Ángel le consultaba sus negocios), y donde, además, ambos criaron a sus hijos, dos de los cuales impulsaron un destino distinto para este país.

Algo debió adivinar Antonio López Herrera, historiador del lugar, uno de esos hombres que se encarga de velar por que todo esté en su sitio, y de que otros vean a través de su voz. Lo logra, pues de pronto aparecen en su relato y son ciertos en ese instante: los muchachos escuchando los cuentos en los bohíos de los haitianos, Fidel escapando por la ventana en complicidad con su hermano menor, Raúl administrando el bar o

llevándole los tostones de la cocina a su madre, el viejo recorriendo la finca a caballo; Lina habitando en cada rincón, hablándole a la gente de la única forma posible, ni de espaldas ni de costado. Con ella, las palabras de frente.

Antonio leyó mi mirada y supo al vuelo que yo quería saberlo todo, ver cada detalle y vivir los tiempos de fundación, aunque fuera de prisa. Tal vez no, y solo fue imaginación. Pero este hombre macizo me hablaba a mí. Se empeñó en que no me perdiera nada, y yo tenía la sensación de que mis ojos no eran suficientes, y por eso les exigía el máximo y los agrandaba.

¿Cuántas veces en estos 24 años habrá contado Antonio las anécdotas familiares, o habrá hecho el recorrido por la casa montada sobre pilotes de caguairán, con sus 166 puertas y ventanas, por la escuela pública número 15, o se habrá parado frente al Ford que manejaba Lina? No importa. En el sonido de los pasos sobre la madera, en el aire limpio de aquel lugar, en el vaivén de la cunita donde durmieron las dos criaturas (la cuna de la Revolución, como la llama Antonio), pero quizá sobre todo en la luz, encuentra la inspiración para esa emoción traslúcida en sus palabras.

Aunque podría hallarla en cualquier otro diminuto espacio, incluso en el liso perfecto de las sábanas sobre las camas, que parecen recién tendidas por la dueña de la casona, o en esas flores frescas que nunca faltan en la tumba familiar. ¡Cuánto celo en el cuidado!

Birán es una finca con ángel, fundada por Ángel. Y el hombre con alma de cuentero se regodea en la belleza y las honduras de aquello que podría escurrirse por el peso del simbolismo natural: la palma real tejida en el algarrobo, la casa «con todas las comodidades» que le construyeron a Fidel para que hiciera su vida, los cedros, el cuarto de Lina con todos sus santos, esos a los que rogaba protección para sus niños; la cama donde don Ángel pasó las últimas horas, aquella foto que la madre quiso con todos sus hijos en la boda de una de sus hermanas, el cuadro donde Lina tenía una imagen del ex presidente Urrutia junto a Fidel, Camilo y el Che, de la que recortó a quien le sobraba después de la traición y, premonitoriamente, colocó a Raúl. Luego asegura Antonio que dijo: «Ahí lo voy a poner, porque ese sí que nunca traicionaría a su hermano». Todo ello fue hecho siluetas a golpe de palabras.

Justo en medio del Camino Real, mientras narraba el encuentro Castro-Ruz, cuando don Ángel le ofreció trabajo al padre de Lina, quien venía de Pinar del Río en un intento desesperado por cambiar su suerte y la de sus nueve hijos, interrumpieron al historiador: ¡Ah, mira, ella es pinareña! —se referían a mí—. Él soltó una carcajada breve. El tiempo se detuvo: ¡Caramba, pinareña, un beso en nombre de Lina! Y me abrazó fuerte y me besó en la frente. Apenas pude pestañear o respirar; no pude decir que ahora, por obra y gracia de la fundación de una nueva provincia, soy artemiseña. No pude. Por primera vez, que saliera a relucir mi origen no era sinónimo de los chistes o burlas de siempre… Era recibir un beso de Lina.

Ya me acusarán de delirio, pero el alfarero que moldea una vida pasada y tangible, quien revela los secretos de los días del batey, se escapó en la nobleza inmensa de un gesto breve: no fue él. Fue la propia Lina, porque en Birán aún no se mueve nada sin que ella lo sepa.

Después todo fue aún más claro.

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