Ti riccordo assai

Autor:

Luis Sexto

En la calle A de La Puntilla, desde donde se ven las aguas negras del Almendares desteñirse un tanto mientras se mezclan con el mar, me reprocho la frivolidad juvenil que me dotó de cierta incapacidad para valorar el privilegio de la fortuna… Suerte que la juventud sea la etapa más fugaz del hombre. Porque 40 años después he asumido sustancial y emotivamente el contenido de unas cartas viejas que he vuelto a leer premiado por el azar. La remitente: Ascensión Tejera de Forcade, «Chon», amiga desde la infancia de Dulce María Loynaz, y residente en este edificio ante cuya fachada me detengo.

Ella fue para mí, «madre postiza», como dice en una de esas cartas. Y nunca antes valoré, al menos conscientemente, que la hija mayor del poeta Diego Vicente Tejera me hubiese querido con tanta ternura. Quizá nunca habría vuelto a leerlas si no hubiera necesitado un dato para cierta crónica. Abrí la carpeta donde se protegen del desorden, desde no sé cuándo, las cartas más queridas, y empecé a leer las de Chon creyendo saber cuanto me dijeron más de cuatro décadas atrás. Fui sorprendiéndome, sin embargo, al enterarme de aquel maternal cariño envuelto en una letra ancha, en un estilo correcto, sabio, con frases italianas de estímulo. «¡Bravo, ragazzo! Tu carta me revela tu vocación: eres un escritor en cierne, persiguiendo un estilo y una originalidad…». Tampoco creo recordar que aproveché su opinión para fortalecerme en mis días de dudas, desesperanzas cuando mi obsesión literaria flaqueaba en el desacierto o la insuficiencia.

He sido injusto con «Chon» Tejera. Intento ahora reparar mi ingratitud recordándola como dueña culta y cordial de su sala, donde la visitábamos jóvenes aficionados a la música, la poesía. Viuda de Alfonso Forcade, ex embajador durante casi 20 años en el Vaticano, no tuvo hijos. Pero asumió la maternidad en algunos de nosotros. Y me percato, al evocarla, que su figura no se me ha diluido. La he conservado prístinamente, aunque por años estuvo entre paréntesis. En el último de su vida la visitaba todas las tardes, y le oía sus historias sobre Roma donde, mujer recia, ducha en relaciones humanas, también la consideraban como «embajadora».

Cuanto, por tanto, he de agradecerle que en aquellas tardes juveniles mis ideales se beneficiaran con la espiritualidad de Chon, con su apego a la cultura, a autores como Jacques Maritain y Pascal, a quienes leía en francés, y el cariño vigente por su padre poeta, al que tantos disgustos, tanta fama de acomodado —me decía— le causó un poema grácil, voluptuoso, indolente, al que, como suele ocurrir,  pocos en su momento le comprendieron el humor y la fantasía de una siesta en La hamaca, donde «la existencia dulcemente resbalando se desliza…».

Pero amigo viejo supone dolor temprano en el afecto del joven. Se enfermó de improviso. Y en el hospital, unos días antes de morir, lo que de ella heredé lo recibí en entereza y optimismo cuando en aquella misma hora jadeante y temblorosa de su fin a los 80 años, me dijo: «Debo despedirme de mis sueños». No había dolor. Percibí, en cambio, la melancólica resignación de no seguir mirando el mar desde su balcón mientras por un instante levantaba la vista de una página de Maritain o de Teresa de Jesús, en su irrenunciable indagatoria de la perfección.

La recuerdo ahora al pasar por esta calle que, coincidentemente, pasa cerca del punto donde el Almendares desemboca, y junto con las aguas ha arrastrado la vida que el tiempo arrastra hasta el mar del morir, según el término exacto de Jorge Manrique. Pero otro poeta, Bécquer, a veces no tiene razón al hablar de la soledad de los muertos. Porque qué solos nos quedamos los vivos ante ciertos muertos. Y ya casi acercándome a los finales, prefiero oírla en la despedida de sus cartas: Ti riccordo assai… Mucho, como ahora también yo la recuerdo.

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