Remembranzas con sombrero alón

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Con su andar impasible y una voz que parece llevar consigo la serenidad que van dejando los años, Elson Castellón Yanes suele despertarnos la emoción mientras repasa con verbo placentero sus anécdotas de tiempos juveniles.

Este villaclareño de más de 80 almanaques no se desprende con facilidad de aquella edad moza de la que aún queda el exquisito recuerdo de muchos arrestos y rebeldías, en una época marcada por la desvergüenza y el ultraje del dictador Fulgencio Batista, y en la que también ya se agitaban, a lo largo y ancho de Cuba, las ideas y urgencias de una Revolución nueva a punto de triunfar.

Cual si aún se inspirara en los pasos más entrañables y útiles de su pasado, evoca con distinguida vitalidad los días finales de 1958, en los que, con la clara certeza de lo que hacía falta, echó a un lado el calor hogareño para conocer el ritmo estremecedor de la vida en campaña y convertirse en uno de los combatientes del Frente Norte de Las Villas.

«¡Qué tiempos aquellos, muchacho! No te imaginas lo que significó para mí haber estado tan cerca de Camilo», me cuenta con la humildad de quien ha sabido acompañar cada una de sus historias con la impronta del Héroe, ese héroe de jovialidad perpetua que nos legó la expresión vívida de su mejor sonrisa.

Al tiempo que rememora cómo el Comandante logró conseguir en poco más de dos meses la unidad de todas las fuerzas revolucionarias de la zona, tras su llegada a la región norte del territorio central del país, como parte de la invasión, Elson acomoda entre sus ideas a un hombre de barba y sombrero alón, al que lo distinguían, con un altísimo sentido del equilibrio, la simpatía y la rectitud, la espontaneidad y el coraje.

Pero este combatiente se estremece al evocar la tarde del 24 de diciembre de 1958 en que, ya iniciadas las operaciones en el interior de Yaguajay, él sostuviera un breve pero animado diálogo con Camilo, y ante la inmediatez del combate lo ayudó a localizar a los hombres necesarios para construir las trincheras alrededor del cuartel local.

Tomando el pulso de aquellos instantes que conmueven, Elson prosigue configurándonos al guerrillero que conoció; al joven asequible, al que cualquiera podía acercársele para plantearle un problema; al jefe que reía y jugaba, pero que a la vez no permitía indisciplinas en la tropa, ni resquebrajamientos del orden más elemental, ni faltas de respeto, ni bromas ofensivas; al hombre poseedor de una destreza y una picardía en el pensamiento que revelaban su optimismo, confianza e incontables deseos de hacer y crear.

Del Señor de la Vanguardia y su ejemplo aún se pueden extraer claras lecciones. En las apasionantes historias que de él atesoran quienes lo conocieron existen luces y respuestas que no siempre se aprovechan, a nivel de la escuela y la localidad, en el sabio intento de enseñar una historia viva y hechizar, para perpetuar la firmeza y los valores que bordearon las cumbres de sus eternas camiladas.

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