Dialéctica de la tardanza

Autor:

Melissa Cordero Novo

El día de mi muerte me sentaré frente al sepulcro para conversar, otra vez, con los amigos. Nos dará tiempo a contar buenos chistes, a tomar el café de siempre, el de los chícharos en abundancia, y redactaremos unos cuantos epitafios para cuando llegue el señor de los entierros; aunque claro, eso puede demorar. Quizá estemos semanas de fiesta antes de bajar al inframundo, quizá nos reunamos más difuntos de la cuenta… Es que de un tiempo hacia acá todo empieza tarde, todo.

Temprano empezó el problema de la tardanza, y se instaló prematuramente en panoramas de la vida social. ¡Y yo que siempre tuve la costumbre de llegar 15 minutos antes a todas las funciones…! Ya sé que aunque los hábitos de la infancia son difíciles de alterar, tendré que ir matando, sin lentitudes, esa manía. Bastantes años pierde uno ya durante el sueño como para seguir extraviando las horas.

La cuestión está tan extendida que se ha convertido en costumbre. Algunos estudiosos la clasifican como una enfermedad de secuelas aciagas; otros hablan, incluso, de la manera en que ha pasado a formar parte de la idiosincrasia del cubano. Sus teorías refieren que el padecimiento puede aparecer a cualquier edad y sin motivos aparentes, y luego transmitirse como virus familiar. El síntoma principal, agregan, es una terrible pesadez en los talones, motivo que impide al individuo llegar temprano a cualquier destino.

Últimamente he estado en contacto casi indisoluble con los infestados; es como si me persiguieran por la ciudad a todas horas. Los puedo encontrar en cualquier esquina: allí siempre están con el talón incrustado en mitad de la calle, y luego riéndose de mí cuando camino de prisa por su lado. He buscado alternativas —el señor Cronos sabe que sí—: leer un libro, en el mejor de los casos, o marcharme, en el peor. Los galenos han recomendado también alejarse.

La única dificultad radica en que el contagiado con la epidemia de la tardanza nunca se da cuenta ni admite su mal estado. Tampoco se han encontrado curas muy efectivas. Por tales motivos, los sanos (como yo) se han visto forzados a adoptar estrategias que nunca serán parte de la solución: llegar tarde también.

Entonces el fenómeno eclosiona a todas las escalas y ya nada en la vida, en la común, vuelve a ser normal. Los horarios se trastocan a deshoras y uno ya no puede planificarse ni prometer que volverá a llegar a tiempo a ningún lugar.

Y, sin pedir permiso por las transgresiones, lo mismo empieza tarde una reunión —dicen que por ahí comenzó la dolencia— que un turno médico o de clase, una fiesta que la función en un gran teatro, una inauguración que un acto, un almuerzo, una prueba, una operación, la apertura de las bodegas, restaurantes, centros laborales… Llegan tarde las guaguas, los funcionarios, los que tienen las llaves de los locales, el combustible, la papa, y las respuestas y los trámites y hasta el frío y la lluvia y la sequía.

Por eso sé que estaré a salvo el día de mi muerte, y que me dará tiempo a tomarme la última tacita de café a gusto.

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