La otra historia de los zapaticos blancos

Autor:

Melissa Cordero Novo

Le vi el fondo de los ojos y allí solo había sangre y balas y uniformes de mercenarios. Estaba el camión alejándose de Soplillar dando vueltas en la pupila y los gritos le subían por las pestañas, saltaban a las cejas y trataban de escaparse de los recuerdos; pero otros surgían en el centro mismo del iris.

Las manos de carbonera y las piedras de sus callos han cambiado bien poco; el retrato de su madre, a mitad de la sala, se roba el silencio del poblado. En el cuerpo están apocopados los dolores desde abril de 1961 y desde que su nombre quedó perpetuado en la elegía a sus zapaticos blancos.

Toqué a su puerta, por primera vez, un día extraviado de febrero de 2011. Quería a ultranza conocer a la niña de los zapatos. Y también violé su espacio, y sin darme cuenta le pedí que contara la historia, otra vez, y aunque me atendió con el corazón abierto, percibí cómo la tragedia resurgía de sus palabras. Habían transcurrido, en ese entonces, cinco décadas, pero ya lo dije: en sus ojos solo había sangre…

Tuve que morderme el oficio, pedir perdón en las letras que vendrían después y prometerle, como obsequio jamás suficiente, un ejemplar del periódico que fuimos a conformar a la Ciénaga. Entonces ella alzó la mirada como buscando las confesiones en el aire y nos dijo: «Ustedes siempre prometen que me traerán las entrevistas y en 50 años nadie lo ha hecho».

Por eso, este marzo de 2012, cuando volví a tocar en su puerta y ella abrió y me miró con un rostro extraño, esquivando quizá las preguntas de siempre, y yo con el diario en la mano, con el dedo pulgar sobre su foto, con las letras que prometimos, no pude más que decirle: «Nemesia, aquí le traemos su periódico»; y en el apuro cierta paz me nubló las esencias.

Ella nos hizo pasar a su casa y nos agradeció sin percatarse de que nosotros veníamos con el rostro apesadumbrado, sin notar la precaución de las palabras; así que cuando sostuvo en las manos nuestro trabajo, el primero que regresó a Soplillar en medio siglo, decenas de disculpas se le colaron por la piel.

Nemesia nos contó cuánto ha sufrido, y cuán difícil le fue enfrentar el aniversario 50 del ataque a Playa Girón. Fueron muchos los homenajes, las emociones, los trabajos periodísticos, los recorridos: «Estuve en el II Frente, en Santiago, y después que mi hermana y yo colocamos una ofrenda en la tumba de Vilma, no pude hacer más que echarme a llorar», y estuvo también el Congreso: «Yo no podía decir que no».

Una niña se le acercó con un par de zapatos blancos como regalo y la conmoción fue tal que un derrame se apoderó totalmente de su ojo derecho. Ello, sumado a las constantes subidas de presión, obligó a los médicos a prohibirle que concediera más entrevistas.

Tal vez, esta sea otra hora, una en que se le homenajee, pero en silencio, y se le visite, pero solo con rosas en la mano. Cuando le di el periódico y ella confesó que ahora empezaría a creer un poco, quizá se redimieron muchos de los juramentos que alguien le hizo alguna vez, «todavía estoy esperando un video que me iban a mandar de Santiago».

Estas son, tal vez, las últimas letras que le escriba, la última vez que recuerde cómo recité de niña su elegía. Y un temor, uno leve, me sube por las piernas, no sé si tenga la osadía de tocar, otra vez, en su puerta, para demostrarle cuánto la venero.

 

 

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