Pequeños jinetes de mayo

Autor:

Osviel Castro Medel

Cuando iba por 55, en los primeros minutos de la mañana, perdí la cuenta. Sé que fueron cientos —miles, acaso— los jinetes únicos y traviesos, los caballeros hidalgos que no salieron precisamente de La Mancha sino de La Luz.

Me refiero a los que desfilaron en hombros en medio de la muchedumbre; a los incontables príncipes enanos que salieron a la fiesta obrera a convertir a sus padres en risueños —y a veces adoloridos— corceles.

Cuando asoma el mayo de panes multiplicados en la plaza, solemos hablar de trabajadores, del «proletario» con carteles, de la consigna y el mar de colores que nos tiñe la pantalla. Sin embargo, alguna vez deberíamos posarnos también en los gestos de esas criaturas retozonas que van «a caballito» disfrutando del desfile.

Alzan banderas, revientan globos, piden agua, aprietan las manitos, le dan una palmada en el hombro al papá o al abuelo. Y viendo esos gestos es difícil no esbozar una mínima sonrisa o que el alma no se encumbre.

¡Cuántos armaron la cantaleta o la «perreta» cuando alguien les insinuó que los dejaría en casa! ¡Cuántos quisieron arrebatar el cartel que llevaría el mayor para ser ellos los protagonistas de la película!

Los que van en hombros les dan a los desfiles el candor, la ternura y la gracia que no pueden poner los edictos. Galopan sin cansarse, lloran cuando se escurre la marcha en sus finales, embullan a los grandes a quedarse en la música que sigue...

Esos jinetes comienzan, el Primero de Mayo, a entrenarse; inician el aprendizaje en el manejo de la espada, van aprendiendo a ser torrente humano y a corear por Cuba y su bandera.

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