Un autógrafo, por favor…

Autor:

Alina Perera Robbio

Al ser entrevistado, el prestigioso actor cubano Luis Alberto García compartió una confesión bellísima mientras hablaba de su padre (también actor) y de su familia: un buen día, con el paso de la vida, habiendo visto cuántos autógrafos los admiradores pedían a su progenitor, se dio cuenta de que a quien él debía pedirle uno por el arte con que había sabido timonear una larga prole en la retaguardia, era a «la vieja».

Siento exactamente lo mismo que el talentoso profesional: la mujer que me trajo al mundo, con la que tengo el privilegio de compartir techo y tiempo, es la gran artista, la estrella de mi teatro. Y sé que soy privilegiada en poder decírselo ahora, tan a tiempo, en un acto que pretende reverenciar la inmensidad de toda buena madre.

Contra no pocas tempestades y oposiciones Rosa Regina decidió asumir su primer embarazo (que fui yo). Me tuvo en un parto de diez minutos, pero esperó durante 20 días sobre un banco de madera, mientras la leche materna caía a la nada, a que un médico saliera del salón de terapia intensiva para decir que la niña había rebasado una terrible incompatibilidad de sangre.

Mi gran artista postergó el momento de alcanzar su diploma universitario. Muchas pasarelas del placer ocuparon segundos o inexistentes planos por una niña que, cuando hacía tan solo una mueca obligaba a la familia a salir disparada como meteorito hacia un hospital pediátrico (los médicos no sabían si la pequeña había quedado bien del todo después de tratamientos tan duros). Ahí están las fotografías que dan fe: mi estrella era una muchacha demasiado joven y delgada, que sostenía con deslumbramiento a una hija muy inquieta.

Cierta vez, casi adulta, osé reprocharle que siendo niña era mi abuela quien, en inolvidable desespero, solía ponerme medias y zapatos para ir a la escuela (no pocas veces me retenían en un portal por mis impuntualidades, pero la abuela lo daba todo, y supongo que esta servidora también). Entonces mi madre me contó una historia que nunca antes le había escuchado: «No me veías pues me iba en la madrugada: tu abuelo estaba operado de la vista, tu abuela atendía la casa, tu tía era una estudiante, y yo… los mantenía a todos».

Mi estrella es de una generación que no conoce el cansancio, que sigue madrugando para ir al trabajo, y que al llegar asume a mis hijas como si fueran suyas. Todavía sueña y espera lo mejor de sus semejantes. Todavía tiene una sonrisa que todo lo ilumina (de verdadera estrella de cine). Todavía vive sin miedos a pesar de que la muerte le arrebató a seres queridísimos, e incluso hizo amagos de llevársela consigo.

Todavía, a pesar de su dulzura y de su rostro digno de un primer plano de un gran filme, se convierte en fiera si advierte que alguien juega con su dignidad. «No hay nada que perder, salvo la dignidad misma», recuerda.

Hay sacrificios y misterios que solo una entiende cuando llega el momento de ser madre. Los hijos nos hacen justicia, como antes nosotros la hemos hecho. Y cuando ese instante llega, entendemos a la que antes no le habíamos concedido el derecho de cansarse, de equivocarse, de entristecerse, de ponerse incluso temible como ola en alta mar.

Hoy —como si se lo pidiera a todas— pido un autógrafo a mi madre, cuyo papel en el guión de mi vida ha sido (y sigue siendo) extraordinario. Ella es la diva, la heroína, la tremenda, la regia, la maestra, el espejo… Y si usted siente algo parecido a esto (si todavía está a tiempo), aproveche, vaya donde su megaestrella, confiese su ilimitada admiración y pídale un autógrafo.

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