Los generales egipcios apuntalan su poder

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Egipto bulle en una gran olla de tensión e incertidumbre. A pesar de que no se conocían los resultados oficiales de las elecciones celebradas el sábado y el domingo, cada uno de los candidatos a la presidencia se autoproclamaba como el dueño de los destinos de la nación del norte africano.

Mohamed Morsi, por los Hermanos Musulmanes, dijo haber ganado el 52,5 por ciento de los votos frente a un 47,5 por ciento que le atribuyó a Ahmed Shafiq, el último primer ministro del régimen del depuesto Hosni Mubarak. Al atribuirse la corona, el islamista prometió gobernar para todos los egipcios, enviando un claro mensaje a los cristianos, los liberales seculares y hasta los musulmanes moderados que temen un mandato islámico intolerante. En cambio, el ex comandante de la fuerza aérea Shafiq acusó a su rival de intentar «secuestrar» los comicios que él «ganó». Según sus partidarios, el heredero de Mubarak llevaba una ventaja entre dos a cuatro puntos porcentuales.

Por supuesto, tampoco faltaron las acusaciones mutuas de fraude.

Sin embargo, hasta el cierre de esta edición aún no había declaraciones oficiales sobre los resultados, y según los supervisores de la votación se darían a conocer el jueves de esta semana.

De todas formas, quien se levante con el as de triunfo, no podrá gobernar de manera independiente a los deseos de un ejército empotrado en el poder político y económico. De recordarlo se encargó el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) cuando el domingo, justo 20 minutos después del cierre de las urnas, emitió una declaración constitucional que maniata al nuevo «mandatario».

Las enmiendas hechas el domingo por los generales a la declaración constitucional aprobada en marzo, establecen que la Junta Militar se arrogará el derecho de veto para declarar la guerra o para los asuntos relacionados con las Fuerzas Armadas. Además, se hará cargo del poder legislativo después de que el Tribunal Constitucional declarara ilegal el mecanismo mediante el cual se eligió a un tercio de la Asamblea del Pueblo —Cámara baja del Parlamento— controlada hasta ese momento por los islamistas, la que automáticamente fue invalidada —otro golpe para permitir que el ejército apuntale su poder.

Según los deseos de la Junta Militar, plasmados en ese texto modificado, no habrá nuevas elecciones legislativas hasta que se redacte primero la Constitución, la cual queda ahora en manos de los generales, y posteriormente debe ser votada en referéndum. Ello indica que la transición política egipcia durará más de lo esperado.

Los generales no piensan soltar tan fácil el poder. Pueden hacer aún mucho si tienen la última palabra en la redacción de la Carta Magna, además de que el legislativo está por ahora en el limbo.

Por lo tanto, si Morsi es coronado, no le quedará más remedio que amancebarse con los militares, y entre ellos, los colegas de Mubarak.

Desde los resultados de la primera ronda de las elecciones, pero sobre todo desde que el CSFA tomó los destinos de la nación con la caída del rais en febrero de 2011, era de esperarse que las aspiraciones populares de dignidad y justicia que se defendieron en la Plaza de Tahrir serían traicionadas.

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