El riesgo cotidiano del desierto

Autor:

Luis Sexto

En Un viejo que leía novelas de amor, conmovedora novela del chileno Luis Sepúlveda, leemos una frase apodíctica: el desierto es la obra maestra de los seres humanos. Y uno duda de que los cubanos, como generalidad, no estemos dispuestos a impedir que nuestra aspiración de un país mejor se convierta en un erial donde pierdan la prioridad los más humildes y los más comprometidos con la justicia del socialismo y con la herencia independentista de nuestra historia.

Es redundante decirlo. En Cuba y fuera de ella habitan ciertos cubanos que darían la mitad de su lengua para que la enseñanza del inglés sustituya al español en las escuelas —como ha sucedido recientemente en Puerto Rico—, y el país, transformado en desierto, sea cubierto de hormigón y asfalto por el dinero extranjero, y el Malecón chispee mensajes de Exxon, McDonals, General Motors… ¿Quién no se da cuenta de que nunca antes como ahora han coincidido tantos malos deseos para empujar hacia atrás? Desde las derechas en Washington, Miami y Madrid, hasta las derechas y las «izquierdas» internas, pasando por reivindicaciones que, justas en esencia, se deslegitiman por su lenguaje absoluto y por el momento escogido para exigir lo que, al no considerar la creciente condición de plaza sitiada de Cuba, fragmenta la unidad nacional y debilita el proceso de readecuación y transformación social.

A esos rasgos se juntan pesimismo e indiferencia. Durante los debates masivos de los Lineamientos económicos y sociales presentados al Sexto Congreso del Partido, se patentizó la voluntad nacional de hacer más participativa la democracia en Cuba, más transparente la gestión y más crítico el papel del Partido como garante del programa de actualización de la sociedad cubana. Pero, a pesar de ese empeño de transparentar los fines y los medios, y no obstante las reiteradas palabras de Raúl sobre la necesidad de proscribir el secretismo y de abrir letra y micrófono a la prensa, quienes enjuician el cotidiano fluir del país en sus planos medios y bajos percibimos aún en algunos sectores el desconocimiento, y en esos sitios, sobre todo, no se oye un lenguaje público clarificador.

Ha continuado pesando, pues, la «vieja mentalidad», generada durante decenios por un Estado excesivamente centralizado, cuya estructura dependió de la línea vertical: un movimiento de arriba abajo sin que existieran, como resortes de equilibrio, las líneas horizontales, lados fuertes de un centro fuerte. Y también, por añadidura, parecen estar influyendo «viejas ignorancias». Porque, en efecto, entre quienes encarna ese pensamiento burocrático siguen proliferando la incapacidad de adoptar iniciativas, oír las quejas y articular explicaciones y respuestas convincentes.

Desde mi óptica, la fórmula para evadir el mayor peligro de las aspiraciones socialistas se halla en Lenin. El líder de la Revolución de Octubre, que no vivió lo suficiente para rectificar los desvíos de aquel socialismo, dictó, al menos, un método para impedir la absorción de la sociedad por las superestructuras burocráticas y a la vez fortalecer el control popular: «El Estado es fuerte cuando las masas lo saben todo, pueden juzgar de todo y lo hacen todo conscientemente».

Y ese saberlo todo, juzgarlo todo y hacerlo todo conscientemente implica que los espacios democráticos existentes —entre otros, la Asamblea Nacional, las asambleas municipales y las de rendición de cuentas—, y los medios de información se extiendan y profundicen. Y sirvan de contención a la irracionalidad burocrática, negada por esencia a escuchar y a dialogar, y proclive a emborronar la letra y el espíritu de cuanto se decide para transitar de las necesidades a las soluciones más audaces y efectivas, como la vigencia de la ley del valor y su consecuente mercado. Y sirvan cada uno de estos espacios y medios, sobre todo, como generadores de la participación popular, al saber los cubanos, regularmente, qué se hace, cuándo se hace y para qué se hace.

No resulta oscura esta verdad: el diálogo, la información y la crítica, incluso la autocrítica, no dañan sino, al contrario, son los antídotos para impedir que tantas manos intenten empujar a Cuba hacia el desierto donde podría estar, según el decir del novelista Luis Sepúlveda, la obra maestra de los hombres. O de algunos hombres, cuyos perfiles ya he dibujado en estas líneas.

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