El uso, ¿el poderoso?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Si cual «Horacios» modernos intentáramos construir las epístolas de la vida actual de Cuba, algunas se parecerían, en su dimensión filosófica y moral, a las del famoso poeta romano.

Entre las que dieron fama a su Epístola ad Pisones, hay una cuya cercanía a ciertos dramas de nuestra cotidianeidad asombra, pese a los siglos de distancia y la diferencia de circunstancias que nos separan.

«El uso es más poderoso que los césares», proclamó aquel precursor del clasicismo. Y es preciso ahondar en la significación y las dimensiones de esa frase, más allá de la forma en que fundamenta o sustenta la fuerza palpitante y viva de los idiomas, las ideas, las tradiciones de los pueblos…

En nuestro plano social del «uso» se pasa, a veces, al abuso; y de este, a las costumbres, claro que a las malas costumbres.

Así, algunos fenómenos que comenzaron por recibir un tácito rechazo social e institucional, terminaron por imponerse por encima de ese dúo de ley y orden que sirve de titular a alguna serie televisiva foránea, y que a algunos en el patio suele resultarles, también, muy ajeno.

Pongamos por caso, para iniciar con un ejemplo común, el de las «jabitas» en las redes recaudadoras de divisas. Durante mucho tiempo una cruzada criolla «chillaba» su ausencia en esos espacios, mientras por la «izquierda» pululaban a su antojo en sus exteriores y adyacentes, a 50 centavos.

Muchos años después ya casi no constituye sorpresa que no aparezcan en las cadenas mencionadas. Lo único que realmente ha cambiado es que se acabó el «dos por uno». Al parecer la crisis económica mundial les remontó su particular índice «Dow Jones», hasta elevarlas a la «dignidad» de «un caña»… ¿que no hay maraña?... Incluso, ese ya constituye su precio oficial en los diversos mercados del país.

Algo muy parecido ocurrió con la novísima unidad internacional de medida «el vaso» —en realidad nunca llega a serlo—, o su similar el mazo, inventados por los mercaderes criollos.

Su persistencia resultó tan fuerte que ya fue asumida hasta por los emergentes carretilleros, que parecen haber aprendido con rapidez los beneficios del uso de estos ingenios del pesaje, los cuales deberían ser premiados quizá con alguna de las denominaciones ISO por los organismos rectores de la calidad.

En esferas nada «tenderiles» esta propensión no es menos evidente. En el mismo contorno de la prensa, el «uso» del silencio (por quienes deben informar) para enfrentar los peligros del proyecto socialista de justicia y libertad del país, condicionaron una «cultura» del sigilo, que a veces derivó en la mudez.

Ello ocurre, precisamente, cuando estamos en medio de la llamada sociedad de la información y las comunicaciones; en la era asombrosa y estimulante de la instantaneidad, la presteza, la rapidez, la celeridad.

Podría alargarse la lista de manifestaciones, pero lo más significativo es que las ya mencionadas nos ayuden, como el venerable Horacio, a reencontrarnos con el arte de los más honrosos y clásicos de los usos.

Hay que apostar a aquellos cuya inmanencia nos hagan mejorar y crecer, enriquecernos y elevarnos como individuos y como sociedad, porque como proclamó el reconocido filósofo alemán Karl Krause, cuando las palabras se desvían de su sentido comienza a reinar la impostura. «Entonces la neurosis no está lejos. Todos dejan de creer en las palabras que emplean, y de ello resulta una descomposición de todo valor moral».

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