Un gordísimo problema

Autor:

Julio César Hernández Perera

El mundo enfrenta una pandemia silenciosa: el sobrepeso y la obesidad. En el año 2008, 1 400 millones de adultos se encontraban dentro de estas categorías, y la tendencia futura es hacia su incremento en gran parte de las naciones.

A pesar de no contaminar ni ser transmisibles, estas alteraciones causan grandes daños a la salud humana y a la economía, sobre todo por sus principales secuelas asociadas: la diabetes mellitus, la hipertensión arterial y las enfermedades cardiovasculares.

En sus orígenes tropezamos con conocidos factores como la globalización de malos patrones alimentarios, caracterizados principalmente por la cantidad y no la calidad, el consumo de bebidas gaseosas y de alimentos procesados con pobre valor nutritivo. Estos últimos, conocidos popularmente como «comidas chatarras», contienen cantidades significativas de carbohidratos (azúcares), sal y grasas saturadas.

Otro elemento determinante es el ambiente urbano, con el consiguiente sedentarismo y la reducción de espacios abiertos, tan necesarios para la práctica de ejercicios físicos.

Pero mi análisis no pretende adentrase en el trillado universo de las enfermedades asociadas a la ganancia excesiva de peso. Trataré un problema que aún no ha sido difundido suficientemente en toda su dimensión.

Recientemente, en un trabajo publicado en la revista estadounidense BMC Public Health, con el título El peso de las naciones: una estimación de la biomasa humana adulta, se nos muestra la necesidad de contemplar también el sobrepeso y la obesidad como amenazas para la existencia del Hombre en la Tierra.

La biomasa —definida como la masa de los organismos vivos en un ecosistema— no ha sido muy estudiada en los seres humanos como factor de riesgo dentro de su ecosistema. Meditemos por un instante en la siguiente pregunta: ¿mientras mayor sea el peso de un individuo, no son mayores el consumo y los requerimientos de energía? ¿No son mayores las necesidades de alimentos?

Se señala en el estudio que en el año 2005 la biomasa humana calculada era de aproximadamente 287 millones de toneladas. De ellas, 242 millones y 1,5 millones de toneladas eran causadas por el sobrepeso y la obesidad, respectivamente. En conjunto, ambas cifras representaban aproximadamente algo más del seis por ciento de la población mundial de ese año.

Pero analicemos otros datos más impactantes: América del Norte exhibe el mayor promedio de masa corporal. Más del 70 por ciento de su población tiene un exceso de peso importante, y Estados Unidos es uno de los países del mundo que más sufre este mal.

Los investigadores hicieron un análisis interesante: si todas las naciones alcanzaran la proporción de sobrepesos y obesos de Estados Unidos, la biomasa humana mundial aumentaría en 58 millones de toneladas. Este peso es equivalente a 935 millones de personas de 62 kg de peso —casi tres veces la población actual de ese país norteño, el tercero más poblado del planeta, y 85 veces la población cubana—. Al final nos preguntaríamos: ¿cuánto más se necesitaría para alimentarlas?

Los números exorbitantes nos abrumarían. El análisis de este problema es también trascendente en aspectos como la seguridad alimentaria y la existencia del ser humano.

Lamentablemente, los vaticinios inmediatos no son halagüeños. Es preocupante saber que en el 2010, según datos publicados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 40 millones de niños menores de cinco años ya padecían de sobrepeso.

Puede ser que coincidan conmigo: son necesarias una mayor conciencia y acciones en aras de frenar la epidemia de la obesidad y el sobrepeso, de hecho, prevenibles. Aún estamos a tiempo de no tener que decir: «El problema que se nos avecina es gordo».

 

 

 

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