Son seres humanos

Autor:

Osviel Castro Medel

No vengo a vestirme de abogado defensor ni a justificar dolorosas derrotas, como la sufrida en los recién finalizados Juegos Olímpicos por Dayron Robles, el recordista mundial de los 110 metros con vallas.

Retorno a esta página —antes de conocer el resultado de la resonancia magnética practicada al atleta— para deslizar mi inquietud sobre cierto fenómeno que veo asomar cada vez con más fuerza en nuestro paisaje diario y que se antepone a los sueños de nación culta y deferente, alimentados por la historia patria.

Me refiero al método de la ofensa, que ha ido tomando fuerza en los últimos tiempos por el fanatismo desmedido o la sed de triunfo a toda costa. El propio fracaso de Robles en la cita londinense fue un botón de muestra.

Pesaroso, leí en distintos foros y escuché en varias esquinas injurias contra el estelar vallista de 25 años. Algunos, incluso, parecían haber estado allí en Londres y saber lo que estaba pasando por las venas, la mente y el alma del campeón olímpico de Beijing cuando los corredores norteamericanos Arries Merrit y Jason Richardson le pasaron por el lado.

No dudo que, como cualquier mortal, a Dayron alguna vez le haya venido el temor al cuerpo y al espíritu. No estoy en contra de las exigencias serias a los que están representando un país entero. Sospecho, como escribiera el destacado intelectual Enrique Ubieta en su blog, que —por muchos factores— los extraordinarios lauros del pasado de Dayron acaso prevalecerán menos en la memoria colectiva que las carreras de la valerosa Ana Fidelia Quirot. Y sostengo que por la gloria deportiva hay que pelear hasta el límite de lo posible… por encima de dolores.

Sin embargo, los atletas son también seres humanos que padecen turbaciones, dudas, miedos, problemas, dolores y yerros propios o ajenos. No son dioses perfectos ni máquinas impecables. De ahí que me aflija apreciar que existan personas volcadas al improperio sin límites, incluso a la burla, el choteo y la difamación.

El chino Liu Xiang, después de haberse coronado en Atenas 2004, sufrió fiascos en dos Olimpiadas seguidas, hasta el punto de derribar, como un inexperto, la primera valla clasificatoria en Londres, pero en su país de millones de habitantes, siguió siendo ídolo de multitudes.

Y en estos Juegos Olímpicos fallaron sin llegar a la final o a los primeros puestos el laureado saltador británico Phillips Idowu, la pertiguista campeona mundial Fabiana Murer (de Brasil), el renombrado espadista francés Gauthier Grumier, el campeón suizo de ciclismo Fabian Cancellara y muchos otros. Mas el mundo no se acabó por eso.

Lo peor es que esa misma andanada contra el plusmarquista universal la vi antes contra Yulieski Gourriel después del doble play de Beijing, contra Lisbán Correa luego de sus marfiladas detrás del plato en un partido de la postemporada de la pelota nacional, contra el mentor del equipo Cuba en 2011 Alfonso Urquiola, contra Lázaro Vargas por no haber situado de nuevo este año a los Azules en el pináculo del béisbol en el país.

Incluso, en esa cuerda, un hermano de Mijaín López contaba de soslayo por la televisión que algunos en la calle le hablaron con sorna del ahora bicampeón olímpico después de su derrota contra el turco Riza Kayaalp en el Mundial de 2011, en Estambul, Turquía.

Esas reacciones rebasan lo meramente deportivo y merecerían análisis más profundos. Por fortuna, son más los que critican con equilibrio y mesura. Pero los descuidos pueden conducirnos al peligro que entraña la multiplicación social de los «leñadores», esos que hacen trizas sin piedad el árbol caído y no procuran volver a plantar una rama para que reverdezca.

 

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