Por una armonía creíble

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Veintiuno de septiembre de 2012. Un solo vistazo al panorama político y social en todo el orbe y no se vislumbran más que guerras, conflictos, muertes, hambre, una ecología en crisis, gastos millonarios en armas…. Nada que nos ofrezca un ápice de seguridad para celebrar en esta jornada del Día Internacional de la Paz, al parecer una utopía difícil de alcanzar.

Fue en 1981 que la Asamblea General de las Naciones Unidas lo estableció, mediante su resolución 37/67, para que coincidiera con la inauguración de su período de sesiones cada septiembre, y en el año 2001 declaró que el 21 de ese mes será una fecha orientada para celebrar y observar la paz, dedicada a conmemorar y fortalecer ese ideal en cada nación y cada pueblo.

Asimismo, la Carta de la ONU expresa el llamado a «practicar la tolerancia y a convivir en paz como buenos vecinos», además de «unir nuestras fuerzas para mantener la paz y la seguridad internacionales». Subraya ese documento que rige en buena parte las relaciones entre los Estados, que se observará «como un día de cesación del fuego y de no violencia a nivel mundial».

La palabra paz es definida como un estado de tranquilidad, sosiego o quietud, ausencia de disturbios o de agitación; pero no es precisamente ese el ambiente que nos rodea.

Como la guerra comienza en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres que la defensa de la paz deber ser construida, y no basta con hablar de ella, tampoco con internacionalizar la palabra, cuando hay que ocuparse de conseguirla.

¿Podría ser este 21 de septiembre el inicio de un verdadero cambio? No creo que sea posible. Convenzámonos de que el respeto irrestricto a los derechos humanos, al de los pueblos y naciones a darse la sociedad que consideren, son vitales para acrecentar esa cultura de paz.

Entonces, la mejor vía para alcanzarla es marchar juntos con voluntad de hallarla y protegerla, o jamás —ni nosotros, ni nuestros hijos— viviremos en ese mundo anhelado.

En el plano individual diríamos que no es difícil si interiorizamos que la paz, a veces, comienza verdaderamente con el simple gesto de una sonrisa.

Se torna más complicado en el ámbito de los Estados; sin embargo, individuos y naciones, actuando en concierto, hacen una diferencia en la calidad de nuestras vidas, nuestras instituciones, nuestro medio ambiente y nuestro futuro planetario. A través de la cooperación, manifestamos el espíritu esencial que nos une en la diversidad.

Evidentemente, para llegar a una paz creíble hace falta antes reducir los conflictos armados que entumecen a este mundo, hacer realidad el trabajo como deber y derecho, formular políticas que promuevan la igualdad social asegurando que todos los ciudadanos tengan los alimentos que necesitan, luchar contra la pobreza y la esclavitud que generan los sistemas de dominación capitalista, proteger el medio ambiente y no incendiar los pulmones de la vida.

Solo esta enumeración permite deducir que va a ser complicado llegar a ese objetivo de paz.

Entonces, si el trabajo de educar para que se desarrolle la paz no es nada sencillo, y requiere de una voluntad que parece perdida y de no pocos procesos, cabría preguntarse, ¿por qué educar para la paz?

Educamos para la paz como valor intrínseco, para preservarnos como humanidad y al planeta que habitamos.

Demos un vuelco a lo que parecen ser vehículos antipacifistas, a los medios masivos de una cultura dominante y globalizada que dimensiona la violencia y las guerras, y cuyo papel negativo para el desarrollo adecuado de la sociedad requiere ser coartado.

Es un imperativo de vida y bienestar común la búsqueda de la paz en este convulsionado mundo del tercer milenio. Hagámosla posible.

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