Marcar...

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Que de mis recuerdos sí quiero yo hablar, por si reviven ciertos fantasmas. En los años escolares y después ya en el ejercicio laboral… siempre hubo alguien con cargos en la organización estudiantil, sindical o política, y una libretica reveladora, para apuntar quién participaba o no en las actividades «programadas»: trabajos voluntarios, actos conmemorativos, reuniones…

Lo que pudiera haber sido un sano registro de asistencia, para conocer el interés y la motivación de cada quien, e influir en acercarle, se transfiguraba muchas veces en un control detectivesco de la presencia física. Era la fiesta de la asistencia y los porcentajes, aunque estuvieras solo de cuerpo presente y por «marcar» ante tus superiores. Aunque no sintieras lo que hacías… al fin y al cabo aprendías a figurar. A simular.

Se distorsionó así el concepto de participación, en una Revolución que había desenclaustrado al ciudadano de su costra individualista, y le había conferido protagonismo por primera vez en la historia de este país. Aquellas listas de las libretas reveladoras nada tenían que ver, en fervor y hacer el bien sin mirar a quién, con el protagonismo y las grandes proezas del pueblo que fueron astillando el pasado y le dieron un vuelco justiciero y liberador a Cuba.

Del figurar y marcar, hubo quien hizo milagros de oportunidad, habilidades y ascensos. Algún día habrá que detenerse a estudiar —sin rencores ni celadas con lo pasado y sí para no darnos con la misma piedra—, cómo con el facilismo de lo formal y la sujeción a ciertos requisitos, fuimos promoviendo el oportunismo y ciertas hojas de servicio bien calculadas.

Pero, como dijera Fidel, hicimos «una Revolución más grande que nosotros mismos»; la cual, más allá de sus errores y desgarraduras, alimentó en muchos cubanos el ideal de transparencia y honestidad, por encima del retablo de las apariencias y «figuraos». Cubanos buenos que han llegado intactos hasta aquí, y han visto desplomarse a muchos de los que llevaban aquellas listas inquisitoriales.

No puede desligarse la mencionada caricatura de la participación, del diseño verticalista de la sociedad cubana, que ya hoy comienza a transformarse con un gradual proceso de descentralización, diversificaciones y flexibilidades.

La acendrada estatización y la hegemonía de las instituciones sobre el individuo, promovieron una agenda a cumplir y tareas para «participar» que, si bien han perseguido nobles propósitos en su esencia, suplantaron en demasía la iniciativa individual, comunitaria, ciudadana y de los colectivos; y desestimaron la retroalimentación.

Ni el proceso de institucionalización y la instauración del Poder Popular, ni los esfuerzos por insuflar, democráticamente, aliento de los colectivos laborales a los planes de la economía, han impedido que el excesivo centralismo haya menguado el protagonismo en determinados sectores de la sociedad.

Al respecto, resulta elocuente el minucioso análisis hecho por el ensayista Julio César Guanche, y publicado en la revista Temas, acerca de las limitaciones que aún frenan la participación directa de las bases populares en la elaboración, ejecución y control de la política estatal.

Es innegable que los cambios descentralizadores generados por el proceso de actualización del modelo económico, y otros más importantes que aún faltan, inevitablemente impulsarán los escenarios para ir fomentando fórmulas horizontales mucho más democráticas de control popular y de empoderamiento ciudadano en el barrio, la comunidad, el colectivo y las propias estructuras del Poder Popular.

A fin de cuentas, no tenemos otra alternativa soberana que perfeccionar y enriquecer —dejando antiguallas y lastres autoritarios atrás— el socialismo que tanta sangre, sudor y dignidad ha costado. Y en ese empeño estratégico, no valdrán el «marcar» y el «figurao», ni libreticas controladoras si aún subsisten por ahí; sino la libertad de ser y participar, de compartir y sentir una inconforme Revolución que nunca se agote.

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