Lo que le molesta a mi vecino - Opinión

Lo que le molesta a mi vecino

Autor:

José Aurelio Paz

Tengo un amigo que ha tenido que arreglar tres veces su techo de tejas. Resulta que el vecino más cercano posee dos enormes perros que corren sobre la placa de su casa y, como mismo sus dueños no tienen sentido del límite, se lanzan contra el tejado ajeno dejando siempre, en la carrera, una lluvia de goteras. Cuando le ha llamado la atención, el otro, entre molesto y compasivo, ha dicho que no se desespere, que anda buscando vender o una permuta, y el afectado me cuenta que siempre le responde resignado y con afecto: «¡Ay, chico, no hagas eso!».

Entre los tantos extravíos que hemos sufrido los cubanos dentro de la vieja travesía de los valores humanos de la convivencia está el de la mesura. Saber, exactamente, hasta dónde llegan mis derechos y dónde comienzan mis deberes se nos ha hecho campo minado, lo cual no nos permite discernir lo justo y lo correcto, si las normativas que aluden a una conducta social ordenada no se cumplen por muchos ni se hacen cumplir por las autoridades.

Sufrimos el síndrome adquirido de mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Estamos prestos a decir lo que del otro me molesta, pero somos parcos en admitir lo que nosotros fastidiamos. Así, cuando van a construir una vivienda no pocos transgreden las leyes y se roban prácticamente, lo que se conoce como lindero de dos edificaciones, de manera que tienen los ojos metidos, todo el tiempo, en la intimidad de la otra familia; o convierten los espacios físicos colectivos de los edificios en almacenes propios, o tiran la basura desde un balcón sin importarles dónde caiga ni lo que afecte el entorno, o, así de simple, ponen una acometida de agua sin precisar, primero, que la manera en que se coloque no prive del preciado líquido a quienes los circundan. La lista es larga y el tema es tan viejo que ya casi es como un callo con el que hemos tenido que aprender a caminar en nuestro zapato.

No hablemos de los niveles sobredimensionados de audio con que otros imponen a los demás la música que a ellos les gusta, importándoles un bledo si lo hacen al amanecer o pasada la medianoche, ni si existe en la casa contigua un anciano encamado o un niño recién nacido. Si a mí me gusta Julio Iglesias a ti te tiene que gustar por obligación y si me causa gracia el mal hablado reguetón a ti, también, te tiene que hacer sonreír.

Súmense las transgresiones públicas del lenguaje. Hablar gritando de una acera a la otra, o recordarle jocosamente y de la peor manera su progenitora a alguien forman ya parte de nuestro «gracejo» popular. Asusta ver cómo la mala palabra ha llegado a formar parte de la vida del cubano con una naturalidad asombrosa, lo que, al final, habla muy mal de nosotros como pueblo supuestamente culto.

En fin, que nada hacemos en empeñarnos por hallar un país diferente en términos económicos, si no lo hacemos también, y sobre todo, en el orden de los valores espirituales que, históricamente, han adornado la identidad del buen cubano. Qué provechoso sería hacer, todos, un ejercicio de decencia y preguntarnos qué es lo que de mí le molesta a mi vecino antes de asumir cualquier comportamiento. Qué útil pudiera resultar que en ese sagrado espacio que es el barrio nos empeñáramos en una acción educativa (no me gusta lo de «campaña» por lo que de efímero tiene) por mejorar la convivencia de la gente que, al final, redundaría en mejores resultados para la armonía social del barrio.

Cuando mi amigo terminaba de contarme su anécdota y yo le recriminaba porque, encima de la molestia de los perros sobre su tejado, le había pedido al vecino que no se fuera, con ese humor tan propio de él que siempre me desarma, me dijo con toda lógica: «¡¿Y si el otro lo que trae son leones?!».

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