Valió la pena evitar el cretinismo - Opinión

Valió la pena evitar el cretinismo

Autor:

Julio César Hernández Perera

Recientemente se celebraron los 25 años de una prestigiosa entidad científica cubana: el Centro de Inmunoensayo (CIE). Los inapreciables aportes de esta institución han estado enfocados esencialmente hacia el desarrollo tecnológico para la detección precoz y prevención de ciertas enfermedades. Estas mucho tienen que ver con diferentes programas nacionales rectorados por el Ministerio de Salud Pública (Minsap).

Pero haré solo referencia a uno de los más aludidos por estos días: la detección precoz del hipotiroidismo congénito. Iniciado en el año 1986, el programa ha facilitado —hasta el primer trimestre del presente año— el estudio de más de tres millones de recién nacidos. Y gracias a esta estrategia se realizó el diagnóstico temprano de más de 800 niños enfermos.

Sin embargo, más allá de los números (en ocasiones interpretados fríamente) y a pesar de la elevada preparación que posee nuestra población, muchos cubanos desconocemos el real alcance humano de este proyecto. Por eso no es ocioso sumergirse en determinados aspectos relacionados con la enfermedad, su historia y repercusiones.

La afección, también conocida como cretinismo, se caracteriza por un trastorno tiroideo de carácter congénito (se nace con este mal). Las hormonas producidas por la glándula endocrina (tiroides) son vitales para el desarrollo y el crecimiento, y especialmente para el tejido cerebral.

Los síntomas casi siempre están ausentes en el momento del nacimiento: después del parto y solo por un tiempo que habitualmente no excede los seis meses, la madre consigue preservar con sus hormonas la salud del hijo.

Más tarde empiezan a exteriorizarse desagradables secuelas caracterizadas por una expresión facial típica (labios gruesos, bolsas en los párpados y las mejillas, arrugas en la frente, boca abierta con protrusión de la lengua, nariz ancha y pelo tosco y escaso), cuerpo pequeño, vientre prominente y piel seca, edematosa y de color blancogrisáceo.

No todo el daño está en el aspecto físico. El retraso mental puede llegar a ser muy severo. Si la enfermedad se diagnostica tempranamente y se comienza un tratamiento oportuno e ininterrumpido, el niño puede tener un desarrollo normal.

El cretinismo ha sido uno de los episodios más tristes conocidos por la humanidad. Como tantos otros discapacitados, estos enfermos fueron víctimas de burlas muy crueles en ciertos momentos de la historia. Las mismas denominaciones (cretinismo y cretino) se asociaron con mucha frecuencia a la idiotez y a las personas con falta de talento. Y así, lamentablemente, en nuestro idioma perduró hasta hoy como una de las acepciones de esos vocablos.

Contrario a ese sentido, tales palabras se convirtieron en términos médicos en el siglo XVIII. Su origen lo encontraremos en la Saboya, región de los Alpes franceses donde escaseaba el yodo. Probablemente los humildes habitantes de aquellos remotos parajes, con miradas compasivas dirigidas hacia sus niños afectados por la enfermedad, dejaban escapar en su dialecto un sentimental «crétin» o «crétine», que significa cristiano. De esta manera advertían que los enfermos eran, por sobre todas las cosas, seres humanos.

Con el tiempo, y gracias a los avances científicos, se conocieron las causas y se logró el diagnóstico precoz de la enfermedad en muchas partes del mundo. Por su parte, en Cuba, el próspero desarrollo de técnicas de detección temprana encontró mayor impulso a partir de una sensible idea.

En 1981, mientras el Comandante en Jefe Fidel Castro observaba unas imágenes de niños con varios tipos de malformaciones congénitas, expresó con su adiestrada perspectiva: «Si podemos evitar uno solo de estos casos —como el cretinismo—, valdrá la pena cualquier esfuerzo que hagamos».

Pocos años después surgió el CIE, vórtice productivo de los estudios de detección precoz del hipotiroidismo congénito en Cuba. Y aquella idea de Fidel se hizo realidad para muchos cubanos, quienes tuvieron la dicha de permutar un destino inequívoco de grandes sufrimientos por otro totalmente diferente: el goce de tener un hijo sano.

*Doctor en Ciencias Médicas y especialista de Segundo Grado en Medicina Interna.

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