Polo de un hechizo

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Todavía me sorprende la naturalidad de aquel hombre humilde, salido de entre las montañas, que llegó y comenzó a saludar a muchos que allí, en la comunidad de Las Terrazas, aguardábamos por su concierto. Llegó a compartir con el público, que colmaba los lugares de su presentación y al cual conquistó con su calidad artística.

Eran apenas los inicios de su carrera profesional y yo, que andaba de visita en aquel sitio, era otro entre esos miles de niños, jóvenes, adultos y ancianos que quería conocer quién era ese hombre que tras ser tractorista, ordeñador de vacas y carbonero en su natal Sierra del Rosario, se había convertido en una leyenda sin precedentes de la música dentro y fuera de Cuba.

Polo Montañez fue un hombre que aportó al pentagrama cubano su naturalidad. A muchos el corazón se nos achicó cuando el 26 de noviembre de 2002 se divulgaba en los medios su deceso inesperado, tras seis largos y tormentosos días de angustia y desesperación que siguieron a un accidente automovilístico.

Una vez más un ídolo se iba sin aviso, y una vez más la gente demostraba que no estaba preparada para aceptarlo. Por fortuna, Fernando Borrego —el verdadero nombre del cantautor— fue profeta en su tierra. Se nos fue hace diez años, justo en la cúspide de la popularidad. Admirado por millones de compatriotas, aclamado por multitudes en el mundo, la fatalidad quiso arrebatarle de golpe cuanto había alcanzado a fuerza de talento y voluntad. Su meteórica carrera se vio truncada con la misma rapidez con que ganó nuestro corazón.

El destino le jugó una de esas trastadas que reserva siempre a los mortales, llevándose al Guajiro alegre que componía canciones, al artista que nunca visitó una academia y no aprendió a escribir música, mas supo arrancarle a su origen campesino, a su naturaleza sensible, la nota apropiada para hacer vibrar las almas al compás de su melodía. Eso lo hizo diferente de otros.

Y entre lo más sensible para todos los cubanos figuró la hondura y pasión con que musicalizó el poema Regresaré, de Antonio Guerrero, uno de los Cinco Héroes cubanos condenados injustamente en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo. La canción, difundida por la televisión, conmovió a toda Cuba en la despedida del año 2001.

Polo era un hombre modesto, sencillo, de profundos sentimientos. Adoraba a la familia, a su tierra que lo vio nacer y crecer. Era generoso, noble, práctico, alegre y le gustaba estar rodeado de buenos amigos. Bromista consumado, su sentido del humor lo distinguía en cualquier circunstancia.

Al igual que muchos de sus coterráneos, siempre fue humilde. Mucho después de sus 44 años, cuando conoció la fama y viajó por el mundo, siguió viviendo como en los tiempos en que era un campesino montaraz. El reconocimiento no cambió su deseo de almorzar en familia o su desenfado cuando grababa en un estudio ante un montón de desconocidos. Así fue…

Solo tenía 47 años y apenas tres de haber triunfado en Colombia. Después de encantar al público con su primer disco Guajiro natural, de ganar discos de oro y platino, poco tiempo después de lanzar su segunda producción Guitarra mía, sobrevino la muerte del tercer artista cubano en obtener un Disco de Platino en la historia musical de la mayor de las Antillas.

Pero la leyenda no se fue con su deceso. Aquel día comenzó otra vida. Aquí está Polo, más allá del bien y el mal, atento a cuanto sucede en su país y en el mundo, polémico y con arrestos juveniles, a punto de entregarnos una nueva canción. Ese montón de estrellas que nos regaló un día alegra la existencia y alumbra el camino de su gloria.

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