La objetiva subjetividad - Opinión

La objetiva subjetividad

Autor:

José Alejandro Rodríguez

A veces temo que el fantasma del economicismo se cuele en el proceso de cambios que vive Cuba para más y mejor socialismo. Me espanta que algunos vean el camino expedito y fácil, moviendo las cifras de la macroeconomía sin sopesar la contingencia humana de todo, y pensando que los mecanismos y las medidas que se implementan por sí solos y automáticamente van a conseguir el fin deseado.

En la Cuba del siglo XXI que deja atrás lastres inoperantes y asume realidades nunca antes vistas, vindico con fuerza el «factor subjetivo» ponderado por los clásicos del marxismo, el mismo que explica el curioso surgimiento de la propia Revolución de 1959 en el sitio donde nunca jamás se la imaginaban.

Los honorables filósofos del fin de la explotación del hombre por el hombre, desde aquellos dos genios de barbas germánicas nos vienen alertando hace mucho más de un siglo que el socialismo, a diferencia de los restantes sistemas económico-sociales de la Historia, es el único que no nace inevitablemente del seno de su antecesor. Vaya, que hay que construirlo conscientemente y a voluntad. Y no es fácil.

Si bien la Revolución Cubana nació y se consolidó con la conciencia como resorte, la sobrevaloración posterior de ese factor nos llevó al idealismo de creer que el sueño y el ansia podrían adelantarse demasiado en el tiempo a las inevitables terquedades de la realidad.

Ahora, cuando con sentido realista asumimos la renovación cualitativa de no pocos procedimientos económicos, no debemos olvidar que el autoproclamado socialismo europeo perdió la pelea con el viejo lobo de mar capitalista —entre otras razones— precisamente por el voluntarismo con que, adormecido en su supuesta invulnerabilidad, subestimó lo subjetivo y la conciencia como garantías de la continuidad.

Esperanzado en la capacidad de la Revolución Cubana para emerger de sus errores e ineficacias, retomo el factor subjetivo como garante del proceso de actualización del modelo económico al cual aspiramos.

No debemos suponer que con solo dictar medidas y disposiciones, se generan los cambios, si antes no preparamos para ellos al ciudadano, al que algunos tecnócratas ven como objeto y no como sujeto principal de las transformaciones.

Sopesar lo subjetivo es no darlo todo por hecho y por resolución. Es considerar que las personas deben estar informadas y conscientes de los vuelcos en que se verán —o se están viendo— implicadas. Es dejar una luz inapagada allá al final y no postergar esperanzas; saber hacia dónde vamos y por dónde lo hacemos. Por eso reconforta constatar que ya se trabaja en la conceptualización del modelo económico que nos ocupa.

Lo subjetivo es también comprender que la flexibilización y horizontalidad que se vienen generando en la economía, y las que sobrevendrán —mucho más decisivas— tienen derivaciones en el ámbito social y en la política de la nación. Y que a nuevas soluciones, nuevos problemas. Pero, sobre todo, que sería una traición imperdonable, dejar de ser «la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes».

Lo subjetivo es propugnar y no temerle —más bien conducirlos con sabiduría— a mayores espacios de democracia y de participación ciudadana que inevitablemente generarán las reformas económicas, para los cuales aún muchas mentes dogmáticas no están preparadas.

Lo subjetivo es no subestimar la fuerza retardataria de quienes hacen resistencia a los cambios, y a la larga defienden espacios y prebendas. Y también detectar a quienes se montan en el carro, buscando su agosto.

Lo subjetivo es pensar que la unidad, fuerza de un proceso tan singular y tan solo en su diseño, pasa hoy por el manejo inteligente y motivador de la diversidad, en torno siempre a innegociables principios.

He ahí el tesoro de lo subjetivo: para que un día no despertemos en el bienestar por decreto, sin la plenitud del alma.

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