Tratamiento con lectura - Opinión

Tratamiento con lectura

Autor:

Julio César Hernández Perera

Recuerdo la angustia en la cara de un gran amigo cuando se percató de haber olvidado en su casa el libro que entonces estaba leyendo. Con rapidez me pidió «algo de leer» para así pasar mejor otro ciclo de quimioterapia (sueros citostáticos) destinado al tratamiento del cáncer. Vencer esa enfermedad posiblemente haya sido una de las mayores batallas de su vida.

Le propuse varios textos, de disímiles temas, que tenía a mano. Y una vez que hizo su elección, el paciente fue directo a su tratamiento con la tranquilidad restablecida, el buen humor acostumbrado y una fortaleza emocional que nunca le abandona desde que lo conozco.

La vivencia puede resultar intrascendente a muchos. Pero también podrá llamar la atención si se repara en cómo reclamar un libro es un acto que acontece en medio de algo que yo llamaría la globalizada pérdida del hábito de lectura.

Casualmente hace varios días un profesor universitario de mucha experiencia en nuestras aulas reflexionaba sobre por qué los estudiantes de hoy leen poco. Según él, prácticamente ellos se limitan, en pos de vencer un examen, a las llamadas «lecturas necesarias u obligadas» de apuntes o de temas mutilados de los libros.

Dado el ritmo de vida que se lleva en la contemporaneidad, caracterizado por la prisa y la inmediatez, los jóvenes aprecian en la televisión y en las nuevas tecnologías de la información propuestas válidas para sus necesidades, lo cual deja en planos no muy valorados las páginas de un libro. Sin embargo, no se debe olvidar que la lectura, camino firme hacia lo culto, brinda mucho más que una simple destreza y hasta puede tener efectos terapéuticos en quienes están enfermos.

La idea de resguardarse en una lectura para redimir una afección no es realmente nueva. En un tiempo las bibliotecas y las actividades relacionadas con este hábito casi siempre encontraban un espacio dentro de los hospitales.

Leer un libro puede ofrecer serenidad y aminorar el sufrimiento emocional. Ya en la antigüedad la lectura era consideraba un bálsamo que aplacaba el espíritu; y en la Edad Media era costumbre leerle a los enfermos textos sagrados durante las intervenciones quirúrgicas, para apartarlos del tormento.

Durante un ingreso hospitalario los pacientes experimentan una ruptura de su cotidianeidad. El hogar, las actividades habituales, el trabajo y las relaciones interpersonales del día a día quedan desterrados por un tiempo que puede ser muy variable: la vida cambia forzosamente.

En estas condiciones la lectura puede tener un valor curativo. Sus hilos son imaginarios y concentran la atención por un camino por donde el sufrimiento y el dolor pueden discurrir, hasta dejar un buen espacio al alivio del paciente. Los diferentes rincones de la mente que son transitados con la práctica de leer generan efectos tan favorables que ni el lector lo sospecha.

La experiencia vivida por el amigo al que hago alusión ilustra lo que he compartido con los lectores. Han pasado varios meses desde que el paciente completó sus ciclos de quimioterapia, y han sido varios los estudios de seguimiento sin evidencias de una recidiva tumoral. Quienes le rodean dicen que cada día se ve mejor. Todo, gracias a los avances de la Medicina y —por qué no— también al tratamiento con lectura que siempre le acompañó en aquellos difíciles momentos.

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