«Ruidomanía» del bicitaxista

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Tarde de enero en Santa Clara, aunque parece agosto. No hay siquiera amenazas de frentes fríos ni de al menos una agradable temperatura que nos alivie por sorpresa la sostenida canícula de esta ínsula tropical. Se suda en las calles de una ciudad con muchas vías estrechas y aceras que apenas permiten el paso de solo un transeúnte.

Es poco más de la una. En la céntrica calle Maceo el tránsito ha vuelto a pararse por culpa de un camión que no logra doblar completamente. Las motos, las bicicletas, los coches y una larga fila de carros han de mantenerse detenidos por unos minutos, quizá hasta un cuarto de hora.

Desde ese amontonamiento de vehículos en espera, descuella un minúsculo artefacto: el bicitaxi, cuyo chofer es un flaco de escasas cien libras que ha subido una pendiente bastante asombrosa con dos gruesas señoras arrellanadas en la parte trasera del carricoche.

Entre el bullicio, el calor exorbitante, los cláxones de los autos que suenan para intentar agitar el movimiento, gana ruido una reproductora que, resguardada en aquel aparato de tres ruedas con complejo de carro-bicicleta, matizaba aquellas tensiones ocasionales del mediodía con varias canciones de reguetón a todo volumen. Todavía no me respondo cómo las dos viajeras, víctimas de aquella encrucijada imprevista en plena calle, soportaban casi en su oído el estruendo. Por suerte, finalmente la demora fue menos que lo pensado y otra vez, entre empujes y pedalazos, lentamente comenzó a desplazarse el vehículo con la potente estridencia a cuestas.

Lo mismo en los repartos santaclareños de Dobarganes, Condado o Camacho, que en no pocas calles habaneras, y me atrevería a pensar que de igual modo ocurre en varias ciudades del país, experiencias como estas nos sitúan frente a una moda bastante estrepitosa y compartida entre los choferes de esos artefactos pintorescos.

No tengo nada en contra de ellos, al contrario, sé que mucho alivian y resuelven en tiempos de pocas aguas y alternativas para el desplazamiento, aunque a veces uno los ve por la carretera, con la mayor paciencia del mundo, sin reparar en la posibilidad de echarse a un lado, y hasta acaban paralizando el tránsito dondequiera.

Pero lo más curioso resulta en la «solidaria y voluntariosa» capacidad de entregarnos su música sin importarnos si nos gusta o no, si nos molesta o no, si nos afecta o no. Con sus códigos y acechos sonoros en no pocas esquinas y entornos de la ciudad, de manera progresiva han creado una especie de principado de la «ruidomanía» móvil que, con el estrépito como condición primera, se mueve en un espectro bastante variado.

Algunos son «ruidómanos» románticos, van desde Marco Antonio Solís y Luis Fonsi, hasta un Juan Gabriel, un Julio Iglesias o una Rocío Durcal «desenterrada» del olvido. Otros se muestran más temperamentales: se contentan —y buscan contentarnos— con lo más pegado del reguetón nacional y foráneo. Y no faltan los que sorprenden con baladas de Adele, seguidas por una timba criolla y algo más.

Pienso que ese ajiaco de propuestas, lejos de encartonarnos el oído, nos hace bien, pues al menos me gusta que de vez en cuando las circunstancias nos atrapen por diferentes. Sin embargo, el escándalo insostenible contamina y pone en ridículo el sano intento de amenizarnos sonoramente el viaje. ¿Por qué no bajarle un poco el volumen a la estridencia y subirle el tono al sentido común (y lo digo pensando también en otros entes o espacios cuyos bafles igualmente «vociferan»)? Propongámonos aliviar el calor de este enero medio «agostiano» con variedad de sonidos, pero sin retumbes. A golpe de pedales y viento fresco, la armonía, a su medida, también pudiera ayudarnos a llegar mejor a cualquier destino.

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