Óleo incompleto de Menéndez

Autor:

Osviel Castro Medel

Dicen que su verbo era un taladro. Que sus pulmones estaban hechos de una sustancia incombustible. Que hasta las cañas más mustias se enderezaban para saludarlo. Que los de arriba intentaron reducirlo a sangre aquel 22 de enero, pues los de abajo ya le seguían la palabra, palabra encendida de luchas y guardarrayas.

Cuentan que en su cuna hubo caballos más briosos que los de película porque sus abuelos, Doroteo y Felicia, conocieron la manigua redentora; y porque su padre, Carlos, cabalgó de verdad en la invasión junto al titán Maceo.

Aseguran que desde los 13 años nacieron ampollas calientes en sus manos y la piel se tostó aún más de tanto machete en los cañaverales villareños; que todavía se escuchan sus pregones vendiendo pan, pescado o quimbombó por barrios dolidos de entonces; que fue retranquero y escogedor de tabaco.

Narran que en una época, cuando todavía no le había brotado la barba de los 20, escondió su nombre y se llamó Junio para batallar desde las filas del arriesgado Partido Comunista. Que ensanchó la conciencia recibiendo el magisterio sindicalista de un Lázaro que luchaba desde su Peña incorruptible, la misma que contribuyó al alumbramiento de la Central de Trabajadores de Cuba. Que se fue empinando hasta convertirse en parlamentario y líder de los que hacían el azúcar del país, pero que saboreaban, en sus vidas, la sal misma.

Dicen que era un negro elegante, atractivo por el físico; que casi siempre andaba rápido y tenía zancadas largas, atléticas. Que odiaba la opulencia y hablaba con acento francés por los defectos congénitos de su lengua. Que gustaba de la broma, pero no de la «pesadez». Que era amable, nervioso y agitado, y vestía sin lujo, aunque sus zapatos o su guayabera jamás dejaron de tener brillo.

Cuentan que era bailador tremendo, amante del béisbol, el cine y las gentes del pueblo. Que, sin haber vencido la primaria, sorprendía por la inteligencia natural y por esos discursos de fiebre y chispas, capaces de lograr, en la batalla, el pago del diferencial azucarero, la higienización de los bateyes y otras mejoras que no cabían en cabezas latifundistas.

Aseguran que su asesinato ya estaba «cantado»: en 1947, un año antes de que se consumara el crimen, hubo al menos tres intentos de llevárselo de un disparo. Que era una piedra en el zapato del desgobierno de Grau y una alambrada en el paseo nacional de los yanquis, quienes exprimían nuestras cañas, nuestras canas, nuestras casas que no eran nuestras ni tampoco casas.

Narran que el escogido, el capitán Casillas, temblaba cuando le disparó a traición aquella noche en el andén de Manzanillo; que los asesinos después intentaron falsear la autopsia, pero un pueblo entero se volvió mar y rescató en el oleaje aquel cadáver, aquel cuerpo de solo 36 años que aun sin vísceras no dejaba de latir rociado por las muchedumbres.

Dicen que, siendo Representante, solo traía 50 centavos en los bolsillos cuando le volcaron plomo a sus espaldas.

Reafirman que, pese al tiempo, ha seguido palpitando en la elegía de un poeta, en el rugido de unos centrales diferentes y en el respeto que inspira su nombre íntegro: Jesús Menéndez Larrondo.

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