De ampollas, llamas y amor

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Hubo que vencer colinas. Pero la llama, Martí, el amor, llegó a La Habana. Ampollas gigantescas en los pies, tendones rehusados a relajarse, pieles rojas y brillantes por el efecto del sol, y el corazón a punto de estallar de orgullo y emoción, son parte de la lista de hermosas secuelas eternas que el viaje de la llama martiana, uniendo las puntas de Cuba, sembró entre los jóvenes cubanos.

Mil historias que contar, mil gritos enardecidos que recordar, miles de sonrisas encendidas por encima del cansancio. Todo estuvo presente. La lluvia anhelada por el calor, las gotas odiadas en su constante caer sobre aquellos ojos sin dormir, que no querían parar. Que no podían parar. Esa emoción de estar construyendo historia, siendo protagonistas de Cuba, siendo jóvenes, homenajeando al mejor de los amigos.

La llama martiana salió de Santiago de Cuba, del homenaje eterno en honor a nuestro Apóstol encendido en Santa Ifigenia. Y transportada en faroles que rendían tributo a la Campaña de Alfabetización, llegó a La Habana; fue al hogar en la calle de Paula del Maestro de cumpleaños; se detuvo ante el Parque Central para mirar a los ojos del cubano mayor y con más clara visión; pidió permiso a Mella para asaltar su escalinata y se llenó de dignidad al depositar por un rato su fuego inmenso en el mismo local donde otros muchachos comenzaron a construir la historia. El Salón de los Mártires acogió el fuego que daría vida a la histórica marcha de las antorchas de esa noche.

Y luego de marchar orgullosos de nuestra proeza, nuestro homenaje, nuestra celebración, nuestro destino, cerramos los ojos esa madrugada y comenzamos a gritar por dentro: ¿De dónde vino la llama? De Santiago. ¿Adónde llegó la llama? A la Colina. ¿Cómo vino la llama? Caminando. ¿Quiénes la trajeron? Los jóvenes. ¿De dónde? De Plaza Martiana. ¿Cómo está la llama? Encendida. ¿Cómo están los jóvenes? Encendidos también.

Y nadie pudo dormir. Y aún hoy nos miramos asombrados y agradecidos de la vida por habernos permitido ser martianos, alegres y profundos. Porque los rastros físicos que el recorrido de 27 días dejaron en nuestro cuerpo no hacen más que recordarnos que se puede. Que los jóvenes somos capaces de hacer lo que sea siempre que la razón sea el amor. ¿Y qué amor más grande que el que siente un joven cubano por José Martí?

Fue un homenaje de cumpleaños como él se merece. Unos días después, rebasado ya el cansancio, pero no el estremecimiento, seguimos cuidando con celo que nuestras ampollas no se apaguen. ¡Da tanto orgullo enseñarlas!

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