El otro Evelio - Opinión

El otro Evelio

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Con un manojo de partituras, recortes de periódicos y fonogramas, Maylene recompone para mí ese ignoto personaje, tan importante en su vida y que hasta hace poco le era tangible.

Seducida por esa historia desconocida, quise que mi interlocutora me contara sobre su abuelo. Siento entonces que Evelio Rodríguez Plaza se me dibuja en una amalgama de matices. En los amarillos periódicos consta que era un hombre de escenarios y serenatas. Compositor prolijo y talentoso de nada menos que 200 canciones, entre ellas Mi guayabera, dedicada a la prenda nacional y que lo llevara a la popularidad.

Pero hay mucho más. Sensible y único es el retrato de palabras que Maylene ofrece sobre esa persona singular que la encaminó por los senderos del humanismo y la cordialidad.

Recuerda aquella Guitarra chilena que ambos interpretaron con emoción en ese festival de la Escuela de Cadetes en la que se formó; el Guerrillero infantil que su abuelo escribiera para el inquieto y valiente biznieto Ariel; o Maylén, pieza con que su entrañable familiar la fotografiara y que los dos dejaran para la posteridad en una grabación casera, en el cumpleaños 91 de su abuelo.

Sí, Evelio Rodríguez Plaza era sencillo, paternal, fiel devoto de esa Cuba que se erigió a partir de 1959, y encontraba lo simbólico de la existencia en las menudas esencias que la vida permite palpar. Menos descriptivo que Balzac y poeta, sin lugar a dudas, como todos los que se inspiran en las pequeñas maravillas del día a día, en el olor a pasto fresco, en el paisaje que adornan palmas, surcos y arroyos, el abuelo de Maylene era el modelo de persona al que siempre ella quiso seguir.

Le dije que se parecía a mi abuela Juana, una mujer sencilla que solo sabía estampar su firma en un papel, pero de una sabiduría inmensa. Nonagenarios ambos, compartían quizá ese don de una arraigada educación recibida en el campo, amasada con los valores de casa y el respeto a la tradición criolla de hablar mirando a los ojos de quienes los escuchan.

Y no le faltaba la inspiración a Evelio. Nunca, como asegura su nieta. Respiraba hondo el aire de su natal Cabaiguán cuando le hacía falta, o se sentaba en su hogar habanero y la musa infatigable que habitaba en él brotaba como un ejercicio natural de creador.

Todos en la familia tenían su partitura. Era el homenaje de Evelio a los suyos. Por eso se dedicó a moldear cada historia y escribirla en minutos musicalizados. Su deseo siempre fue estamparlas en discos, aunque sus 92 años no le dieron tiempo. Algo que sí pasó con una buena parte de su obra, la cual figura en un centenar de piezas grabadas, como explica el espirituano semanario Escambray.

Fiel a las tonadas y a la música espirituana, Rodríguez Plaza comenzó, como muchos artistas de su tiempo, en escenarios modestos. Formó parte de los dúos Espirituano —junto a Ramón Huerta—y Los cubanitos, en compañía de Rodolfo Pimienta. Su bregar por emisoras como la trinitaria CMHT y la Mil Diez en la capital, así como su fonograma con el grupo de Ñico Saquito, lo acercaron al público, el mismo que luego lo siguió cuando compuso Vida guajira, Sacrificio inútil y Mi guayabera, entre muchas otras composiciones.

Aunque solo tenga en mis manos la exquisita placa que en 2005 facturara Producciones Colibrí, escuchar la música de este bardo es un disfrute tremendo. Constituye una fina pincelada de lo más arraigado de la trova tradicional, mezclada con esa raíz guajira y la canción nacional.

Reviso apuntes propios, añejos escritos sobre este poeta de la melodía, y escucho su música. No dejo de pensar en Gabriel García Márquez y la emoción con que en Del amor y otros demonios describió el descubrimiento de los restos de una niña en una hornacina del antiguo Convento de Santa Clara. ¡Era la noticia de un día intrascendente lo que luego se convirtió en célebre novela!

El Gabo vindicó allí la oportunidad que ofrece el periodismo de hacer literatura de lo cotidiano; y es por ello que agradezco a las lecturas de los textos del Nobel colombiano esa constante «sospecha» para hurgar en los lugares menos pensados.

Porque un buen relato se descubre en la «hornacina» de memorias que la gente común guarda con celo. En ello pienso cuando tengo ante mí esa alacena familiar que atesora la rica obra de Evelio Rodríguez Plaza, quien prefirió decir su adiós físico precisamente el día más sublime del año, el pasado 14 de febrero.

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