Otra vez el cuento de las armas químicas - Opinión

Otra vez el cuento de las armas químicas

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

El presidente estadounidense, Barack Obama, está recibiendo presiones de muchas partes de su Gobierno, del Congreso y del lobby israelí para que autorice una intervención militar directa en Siria. Se encuentra atrapado en sus palabras: en agosto de 2012 afirmó que si el Gobierno de Damasco usaba armas químicas, estaría cruzando la «línea roja» que obligaría a Washington a tomar cartas en el asunto de una manera más agresiva. Lo repitió en marzo de este año. Ahora, agencias de inteligencia aseguran tener información sobre el presunto uso de ese tipo de armamento en la nación árabe. La misma historia de Iraq en la era bushiana.

Aunque el propio Obama dice que los datos que se manejan no son del todo convincentes, sí culpó —la gran mayoría de las transnacionales mediáticas estadounidenses también— a Bashar al-Assad de emplear gas sarín en Khan El-Assal, una zona cercana a Alepo (norte), la segunda ciudad más importante de la nación árabe. Ni siquiera piensa en la posibilidad de que los grupos armados que operan en Siria puedan haber sido los responsables de semejante violación al Derecho Internacional, aun cuando muchos elementos apuntan a esta versión: Khan El-Assal es conocida por su apoyo al Gobierno; sus habitantes acusaron a las bandas afiliadas a Al-Qaeda de utilizar un misil con una ojiva química; entre las víctimas del ataque había niños, mujeres y soldados del Ejército Árabe Sirio; el Gobierno fue el primero en pedir una investigación internacional en esta localidad.

No es la primera vez que las bandas armadas acusan al Gobierno de asesinar a sus propios soldados y a civiles, con el objetivo de darles a sus patrocinadores extranjeros un motivo para la intervención militar «humanitaria».

Ninguno de estos datos aparecen en el discurso periodístico guerrerista que pide con urgencia que Obama actúe como lo hizo en Libia: con una campaña de bombardeos y el suministro abierto y en grandes cantidades de armamentos a los grupos que se enfrentan a las fuerzas leales a Al-Assad. Así lo pide el secretario de Estado John F. Kerry, a quien le gusta presentarse como un hombre de paz, aunque de eso no tenga un pelo.

Pero Obama quiere actuar con cautela, que no quiere decir que no desee acabar con Siria al estilo libio. Prefiere asegurarse primero de que las informaciones que emiten las agencias de seguridad sean creíbles y verosímiles. Ahora mismo, el pueblo estadounidense no quiere saber de otra guerra en la que se inviertan sus contribuciones y mueran sus conciudadanos. Con Iraq y Afganistán basta. Además, sabe que las razones utilizadas para justificar esas otras guerras resultaron ser grandes mentiras. Las armas de destrucción masiva que se suponía tenía Sadam Hussein nunca aparecieron.

Las acusaciones estadounidenses no se sustentan. Como bien afirma el analista Charles P. Blair, en la publicación especializada Foreign Policy, «el régimen arriesgaría la pérdida del apoyo ruso y chino, legitimando la intervención militar extranjera, y en última instancia acelerando su propio fin. Como dijo un funcionario sirio: “No nos suicidaremos”».

Para probar sus imputaciones, y aprovechándose del pedido hecho por Al-Assad de una investigación internacional sobre el uso de armas químicas en Khan El-Assal, el pasado 19 de marzo, Obama quiere que el Presidente sirio autorice una comisión de la ONU. Pero Damasco no confía en la sinceridad de este grupo de inspectores, consciente de que Washington manipula los movimientos y la política del organismo internacional. La administración siria quiere que se garantice la objetividad e imparcialidad de una pesquisa de este tipo.

Por otra parte, la respuesta de la ONU fue complaciendo a los intereses de países como Estados Unidos, Francia y Reino Unido, que impusieron sus términos, y el organismo los acató, una vez más. Estas potencias no quieren circunscribirse a Khan El-Assal y están empecinados en extender la investigación a todo el país, lo que representa una violación a la soberanía siria, y Damasco no acepta. Una pesquisa tal y como quieren el eje Washington-Londres-París arrojará una condena contra Siria, y estos países tendrán en sus manos otra mentira para aumentar su presión contra una nación independiente sometida a una agresión extranjera.

¿Qué hará Obama? ¿Seguirá el camino de su predecesor, George W. Bush? ¿Tendrá la misma desfachatez que el ex presidente republicano, de defender su legado político —la matanza de miles de inocentes— para luego reconocer que las agencias de inteligencia se equivocaron?

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