Los quince de la pastillita azul

Autor:

Julio César Hernández Perera

Cierta vez varios amigos conversábamos, y entre anécdotas y bromas uno de ellos preguntó jocosamente: «Médico… ¿no me puede recetar una de esas pastillitas azules…?». Las carcajadas avivaron el ambiente después de otras ocurrencias de algunos presentes.

Esa pastillita no es rara. Es muy conocida como Viagra, nombre comercial dado por la empresa farmacéutica Pfizer.

Traigo el tema a colación después de conocer que el 27 de marzo último el citado fármaco celebró 15 años de ser aprobado por vez primera por una agencia reguladora, la de Estados Unidos. Su indicación tenía la novedad de poder tratar la impotencia sexual en el hombre.

Sildenafilo es la designación genérica del medicamento, y si nos adentramos en las historias que orbitan a su alrededor, sabremos cuánta tela hay por dónde cortar. Muchos apuntan que es uno de los mayores descubrimientos farmacéuticos y un ícono de éxito del siglo XX por sus ventas multimillonarias.

Al igual que la penicilina, el meprobamato y la clorpromacina, su hallazgo se debe a la serendipia (descubrimiento afortunado e inesperado), o bien «de chiripa», para que se pueda entender mejor.

Originalmente orientado al tratamiento de las enfermedades cardiovasculares, la Viagra dejó entrever propiedades milagrosas contra la fuerza de gravedad en el órgano viril masculino. No por gusto se especula que los voluntarios participantes del estudio se negaron a devolver las pastillas sobrantes.

Lo cierto es que como consecuencia de los reportes de los efectos descritos, relativos a la erección del pene, se llevaron a cabo otras investigaciones. Y en breve tiempo se determinaron las razones por las cuales se produce este efecto.

Así, se convirtió en una píldora capaz de cambiar la vida de millones de hombres. Sin embargo, esto es solo un diminuto oasis en medio del gran desierto. Muchos son los dilemas, algunos de ellos engarzados con violaciones de elementales principios éticos.

Poco después de aprobado el medicamento, el ex candidato presidencial de Estados Unidos Bob Dole fue contratado por la Pfizer para servir de portavoz propagandístico oficial. Él decía venerar el fármaco ante los medios de comunicación e incitaba a su uso.

El hecho constituyó la línea de arrancada y epicentro de una ética reprochable para que otras empresas similares actuaran de modo parecido a lo largo de estos años: contratar a celebridades como parte de las estrategias de comercialización de sus productos.

De acuerdo con estimaciones declaradas en un artículo publicado en la revista Plos Medicine —aunque las cifras de contratación de ilustres personajes siempre son confidenciales—, se estima que para cada uno de ellos los pagos pueden rondar los dos millones de dólares.

También se ha coqueteado de otras maneras. En diciembre de 1998 se conoció por el periódico The Washington Post que la CIA utilizó pastillas de Viagra como forma de recompensa para obtener información y ganar amigos en Afganistán.

De disímiles maneras se ha apoyado el consumo injustificado del medicamento en todo el mundo, y nuestro país no escapa a esta llamarada.

Recuerdo cómo en enero del año 2012, durante el sexto Congreso cubano de educación, orientación y terapia sexual, se alertó sobre el abuso, por parte de muchos hombres, de este fármaco dentro de la Isla, a pesar de que no lo necesitaban y de que existen fuertes controles para su dispensación.

Con el sildenafilo se han documentado variados eventos adversos como náuseas, cefaleas, insomnio, ansiedad, trastornos de la atención, visión borrosa, diarreas, irritabilidad, taquicardia e hipertensión arterial. Otras complicaciones más graves, capaces de llevar a la muerte (como las convulsiones, el infarto cardiaco y las enfermedades cerebrovasculares), aparecen con mayor frecuencia ante la ingestión de dosis elevadas, o si la persona padece de determinadas enfermedades, consume otros medicamentos o ha tomado bebidas alcohólicas.

En la sesión científica del Colegio Americano de Cardiología del año 2000, se notificó que solo durante el primer año de aprobarse la Viagra, más de 500 estadounidenses habían muerto por tomarlo sin prescripción.

Entonces, muchos coincidirán conmigo si afirmo que solo tienen derecho a celebrar los 15 de la pastillita azul quienes tienen la adecuada indicación médica.

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