Cuentan que era miércoles…

Autor:

Mayra García Cardentey

Cuentan que era miércoles, un día de esos harto complejos, donde todo se complica, aunque en realidad, de nacimiento, ella siempre fue medio «atravesada». Cuentan que «dio guerra» hasta el final, fue obstinada, perezosa, irreverente con el vientre materno, desequilibrada nata desde la placenta.

Cuentan que fue un día de esos, de los que nadie quiere acordarse, ni la madre, ni el padre, ni sus abuelos. Ella, por supuesto, no se acuerda.

«¿La madre?, al borde de la muerte», recuerdan de vez en vez. «La niña no quería nacer», «llamaron por el altavoz, pensamos que era todo», dicen los más viejos. «Y yo qué me hago con esta niña solo», titubeó el papá entre la angustia.

Cuentan que era miércoles, y vino al mundo en el espanto de una madre inexperta, de una familia que recibía a la primera nieta, del martirio de un padre tan nervioso como la parturienta, de la impotencia de un equipo médico que comenzaba casi a escribir el prólogo de una desgracia.

Fatal e irremisible parecía toda aquella jornada, no avanzaban las horas, los minutos jugaban a detenerse, y la futura progenitora, a la intemperie de su ser: inconsciente, trágica, arrebatada por sacarse del alma, del cuerpo aquello que le desgarraba, que le robaba la misma vida.

Y le desgarraron, le apretujaron toda, le vaciaron la esencia y más allá, le acorpiñaron a la criatura, le consumieron las interioridades, y ella solo pensaba que no vería el sol de triunfo de tan magna batalla.

En la recámara fría de aquel salón impersonal, de aquel duelo incólume, semimortuorio, maldito, desigual, ella solo rezaba para que naciera «buena»; en las curvas incoadas de la nueva vida, solo rezaba porque llegara sanita a los brazos de aquel hombre barbudo que afuera esperaba el milagro doble.

Se sintió superada, vivida, traspasada, respiró por instantes a través de la débil criatura, se convirtió en ella, en la misma medida que el diminuto cuerpecillo embebía las primeras nutricias maternales.

Todavía en el letargo de un parto insufrible, inenarrable, no dejaba de pensar en la miniatura suya, iniciada en sí, salida de sí, parte de sí. Otro susto, y otro; otra operación, y otra, otra casi muerte y otra…

Y no más pensaba, cómo enseñarle tanto en tan poco tiempo; cómo decirle que no importa familia chica cuando hay dicha grande, que no hay riqueza material si no se tiene salud y valor moral, que no hay enjundia intelectual valedera si no hay buena comunicación, que no hay inteligencia mayor que la de saberse humilde ante el conocimiento ajeno.

Cómo hacerle entender que sus por qué siempre tendrán porque, que guardar la mitad de la verdad sabe a mentira igual, que aprenda a respetar su respeto, que necesita el doble de tiempo para entender la mitad de las cosas, que una familia funcional es posible, que una mesa puede tener todas sus patas, que sí hay amores para toda la vida.

Solo le desconsolaba no poder insistirle en que planificara no tener planes, que hiciera todo cuanto pudiera mientras pudiera, que la vida no es justa, que es solo vida, que no te toca, se lleva.

Ella pensaba, y todo su rededor fenecía, se extinguía, y otra vez el susto, la transfusión, los médicos sofocados por el altoparlante.

Cuentan que todo lucía perdido. Media maternidad movilizada en aquel caso que parecía no progresar. La familia desconsolada ya nombraba a la niña con el apelativo de la casi fallecida.

Cuentan que era miércoles… y desde entonces hay dos Mayra en mi casa.

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