La meta económica de la sociedad cubana - Opinión

La meta económica de la sociedad cubana

Autor:

Henry Colina Hernández*

Los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución constituyen hoy la representación de las metas que la sociedad cubana se ha planteado. Esto último puede afirmarse partiendo del amplio proceso de consulta popular al que fuera sometido el proyecto inicial, del cual se derivaron las modificaciones introducidas posteriormente en la versión definitiva aprobada por el VI Congreso del PCC.

Para llegar a ese «estado deseado» deben adoptarse un conjunto de medidas en distintas instancias, en aras de garantizar su carácter legal. En este caso, la aprobación de la nueva Ley Tributaria, la reforma a la política migratoria, la Ley de Cooperativas (en estudio), el reparto de tierras ociosas, la ampliación del trabajo por cuenta propia, la revisión de la política de contratos entre los agentes de la economía, constituyen, a mi juicio, algunas de las recientes disposiciones que, fundamentalmente en la esfera de la economía, avalan la voluntad política de actualizar el modelo; y que, a su vez, influye de forma directa en los cubanos tanto a nivel social y colectivo, como en el plano individual.

La necesidad e importancia de las transformaciones antes mencionadas, así como su impacto positivo sobre la sociedad cubana actual, resultan indiscutibles. La mayor apertura del trabajo por cuenta propia (con la correspondiente inclusión de iniciativas antes no contempladas en este tipo de actividad, como el arrendamiento de espacios por privados, por ejemplo) ha sido una de las vías alternativas de realización profesional y personal de los individuos; aun cuando permanecen segmentos de mercado no lo suficientemente cubiertos por la oferta estatal que no han sido explotados por el «cuentapropismo». Por otro lado, con las cooperativas no agropecuarias, nace la posibilidad de acceder a exenciones fiscales, además de lograr ocupar mayores cuotas de mercado al asociarse con otros productores del mismo sector. Todo este incremento del sector no estatal en Cuba implicará modificaciones en la planificación, el tratamiento de los precios, las formas de regulación, etc.; de ahí la necesidad de observar su evolución detenidamente.

De igual modo, la actualización del modelo económico debe contemplar otras transformaciones que permitan hacer frente a muchos de los retos con que cuenta el país. El envejecimiento de la población, por ejemplo, así como el éxodo de profesionales (fundamentalmente jóvenes) hacia otros sectores de la economía mejor remunerados o, incluso, hacia el exterior, exigen la necesidad de implementar políticas integradas que premien al trabajador calificado, permitiendo un mejor aprovechamiento de este factor tan valioso y cotizado en cualquier lugar del mundo.

Por otra parte, la mayoría de las empresas que integran el sector estatal se encuentran todavía atadas por mecanismos burocráticos y formas de gestión esencialmente administrativas, que atentan contra su mejor desempeño. El empuje del creciente sector no estatal y la posibilidad de que ocupe mayores espacios de mercado (aun cuando el Estado pueda emplear mecanismos directos e indirectos para su regulación); la doble circulación monetaria (que deforma el cálculo apropiado de los costos de producción y privilegia la importación); la capacidad de gestión pasiva, en un entorno de planificación inflexible; entre otros nudos, terminan limitando la autonomía empresarial y frenando iniciativas propias a favor de la eficiencia y la productividad. En la búsqueda de mejoras en esta dirección se encaminan los experimentos de los nuevos Organismos Superiores de Dirección Empresarial (OSDE), además de avanzarse en las relaciones entre los sectores estatal y no estatal, que incluye la contratación de privados por empresas estatales como otro paso de avance.

El sector agropecuario debe seguir siendo una de las preocupaciones fundamentales para los cubanos. En este sentido, la revisión de las formas no estatales de cooperativas y el levantamiento de los lastres que afectan su adecuada gestión, deben convertirse en un elemento potenciador. A lo anterior habría que sumar la creación de un mercado de insumos que abastezca a los productores (no estatales o cooperativas) de los medios necesarios para desarrollar su actividad. Podría valorarse la inversión extranjera en el sector, aunque con cautela, dado su carácter estratégico.

Quedan aún disímiles transformaciones por realizarse; entre ellas, la creación de un mercado mayorista para los «cuentapropistas» (que suprima en alguna medida el mercado negro y al mismo tiempo brinde la posibilidad de control fiscal); la unificación monetaria; la nueva Ley de Empresas; la reforma del código laboral, etc. Pero lo importante es que los cubanos hemos acogido este proceso de forma optimista y participado activamente en él, en aras de actualizar nuestro modelo económico y poder avanzar así en el camino al socialismo.

*Licenciado en Economía en el Departamento de Desarrollo Económico de la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana

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