No podemos tener miedo

Autor:

Laynie Maribel Quiñones Rodríguez*

Cada joven debe pensar que lo que está haciendo —si es útil— encaja en la política de actualización y de mejoramiento que se vive en el país. Pero debe hacerlo siempre poniendo primero que todo a los valores humanos, porque sin ellos somos muy poco o nada. No sé si a algunos les suene cursi pero he aprendido desde la cuna que la honestidad, la responsabilidad y el amor por lo que se hace, son valores incalculables en lo privado y para la nación.

Tenemos que pensar, antes que nada, en servir a la patria y al país sin renunciar al mejoramiento personal, que me parece algo innato al ser humano. En la vida real, ninguna tarea debe verse extremadamente grande, aunque sé que hay jóvenes que se agobian por los problemas y necesidades, algo que no se puede ocultar. Sin embargo, no deberíamos olvidar —como les pasa a algunos— que la Revolución nació de sacrificios, dolores;  pero también del amor.

Algunos jóvenes se han percatado de su papel en la coyuntura que se vive. En mi propio sector conozco muchachos que dirigen una UBPC cañera, que ocupan cargos en los consejos de dirección de las industrias, que se hacen valer por lo que saben, que toman las experiencias de los más añejos y le impregnan ese toque de frescura. Y eso es lo que, en mi modesta opinión, necesitamos en estos tiempos.

Y vuelvo a la idea de los valores porque esas conductas nacen de las convicciones, de lo que se ha aprendido desde la cuna; por eso trato cada día de enseñar a mi pequeño de tres años de edad, demostrándole cuáles  son las cosas verdaderamente importantes y educándolo en el respeto hacia sus mayores y sus semejantes.

Soy de las personas que se oponen firmemente a dejarse deslumbrar por las cosas que carecen de valor espiritual, aunque sé que en las circunstancias actuales un grupo no despreciable de jóvenes piensa y actúa distinto. A esos debemos llegar sin imponerles gustos, pero sí con el trabajo persuasivo que tiene incontables aristas. Lo peor sería llegar a la coyuntura en que ocultáramos nuestros valores por miedo a parecer anticuados, extremistas o ciegos apasionados.

Ninguna idea debe defenderse desde la nada y es preciso en la defensa de ese pensamiento tener una postura crítica, de crítica constructiva y profunda. Nosotros debemos ser fervientes defensores de la palabra de Martí, como lo fue la Generación del Centenario.

*Especialista en Comunicación Institucional y Patrimonio Histórico Azucarero, Empresa Azucarera Granma

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