El valor de una vocación - Opinión

El valor de una vocación

Autor:

Julio César Hernández Perera

Denise es una grácil muchacha de 18 años de edad a la que le llegó el momento de tomar un importante rumbo en su vida. «¡Quiero ser médico!», siempre ha respondido con naturalidad.

Su vocación no es obra del azar. Se ha construido y reforzado, sin coerción, con el ejemplo de personas entrañables para ella, cercanas de su familia: médicos y enfermeras. Desde disímiles soportes ella ha tenido la oportunidad de advertir los sacrificios y elementos que orbitan en torno a la que se conoce como «la más humana de las profesiones»: la Medicina.

A veces podemos reconocer en familias enteras la tradición que ostentan ciertas labores como la de pescadores, maestros, campesinos, ingenieros, carpinteros, artesanos, etc. En todas, las valiosas aptitudes creadas desde bien temprana edad brotan gracias al ejemplo y la dedicación de antecesores que han sabido transmitir e inspirar en la utilidad y el amor por el trabajo.

Esos ejemplos, sin embargo, no se atemperan a la totalidad de quienes estudian una carrera universitaria o aprenden una profesión. En esos estudiantes la falta de aptitud aflora como azaroso vacío. Es una carencia que han percibido algunos profesores universitarios.

En el caso particular de la carrera de Medicina, la vocación desempeña un papel crucial si se tiene en cuenta que como oficio no genera bienes materiales sino algo más trascendente: la salud. Así lo ha definido la doctora cubana Clara Laucirica Hernández en un simposio dedicado a la ética en la atención clínica, durante el XXIII Congreso Centroamericano y del Caribe de Medicina Interna, celebrado recientemente en el Palacio de Convenciones.

En otra de las conferencias del simposio, donde se trató el tema de la relación médico-paciente, el prestigioso doctor Ricardo González Menéndez, del Hospital Psiquiátrico de La Habana Comandante Bernabé Ordaz, recordó que así como el ejercicio de la Medicina es una ciencia y un arte, también constituye una profesión digna y un sacerdocio.

Con esta última palabra el profesor resumió el valor del médico cuando se habla de su compromiso activo y celoso en el desempeño de su profesión, de forma noble y altruista.

Es una vocación que aunque ha evolucionado con el desarrollo de la humanidad, preserva esencias desde la prehistoria, desde instantes en que la curación se hacía imposible y el consuelo del enfermo era muchas veces la única respuesta.

En tal sentido es ilustrativo el descubrimiento que tiempo atrás tuvo lugar en la caverna de Shanidar, en el actual Iraq. Allí se encontró el esqueleto de un hombre de Neandertal deforme y mutilado, sin uno de sus brazos y posiblemente sin uno de sus ojos.

Lo más excitante del hallazgo es que este ser vivo subsistió varios años, contra todo pronóstico, a pesar de las terribles heridas y de un medio muy adverso. Las evidencias dan idea del interés y dedicación de alguien que fue capaz de cuidar a un pobre desdichado para que sobreviviera, imposibilitado de defenderse por sí mismo.

Desde entonces podríamos hablar de la vocación por servir y ayudar a los semejantes. Es esa voluntad la premisa más importante para quien será médico. A quien ha elegido ese camino le obsequiaría, como inapreciable regalo, los consejos de Asclepios, el dios griego de la Medicina y la curación, contenidos en una carta a su hijo:

«Te lo he dicho: es un sacerdocio y no sería decente que produjeras ganancias como las que saca un aceitero o el que vende lana. Piénsalo bien, hijo mío, mientras estás a tiempo…, (pero) si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte, si ansías conocer al hombre y penetrar en todo lo trágico de su destino, entonces, hazte médico, hijo mío».

Esas son virtudes transformadas en vocación —palabra clave para que en nuestra sociedad toda labor se haga con pasión, entrega y rigor—. Afortunadamente, son esos móviles profundos los que marcan la actuación de muchos de nuestros profesionales de la salud, los que hacen la diferencia en este mundo a veces tan hostil, y nos recuerdan dónde están las verdaderas conquistas que vale la pena defender y cuidar.

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