Abrecampo y Rompemonte

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Casi casi se me escapan, ¡caramba! Si no ando rápido se me van por el estrecho portón de las nostalgias. No digo yo si ahora no voy a salvarlos. De que los cuido, los cuido; los vigilo yo mismo a como dé lugar. Total, a estas alturas, con mis cruces de aquí para allá, ante tantos terrenos aún por desbrozar, qué más da que me tilden por un rato de ridículo y loco.

Por eso me los llevo conmigo, me los llevo para que, gozosos, a contratiempo de cualquier gesto vanidoso de ciudad, y con elegante paso pueblerino, surquen Rampa arriba, Rampa abajo; animen la apretujadera habitual de la cola del P5, o acaben deambulando fatigosos frente al Capitolio, y hasta les saquen algún susto a los flemáticos leones del Paseo del Prado.

Pero no, por suerte aun están ahí, a la vera del camino, despejando el capricho de la infortunada aroma y la mala yerba que otra vez emerge airosa, entre los aguijoneados recuerdos de quien fuera, desde mi cuna y mientras vivió, una de mis «yuntas» más queridas.

Abuelo siempre los defendió mucho, demasiado para el gusto infantilón de aquel nieto «perretú» que solía acompañarlo en las mañanas a su conuco. Ellos, los nobles «compadres» que se afanaban juntos, eran como dos más de su familia; los «aliados» que no jugaban dominó ni sabían de pelota ni se arrimaban con él a la mesa, pero, sin proponérselo, le ayudaban a dominar mejor las «luchitas» de la vida, y a llenar los platos más sanos y humildes para el ritual doméstico.

«Camaradas» del sustento casi cotidiano, andarines comeyerba sujetos al largo de una soga como símbolo de una controlada libertad, quijotes como pocos del maridaje laboral y el hermanamiento casi hecho promesa con la tierra, caballeros ejemplares de la brutalidad y el trato hosco, aunque siendo a veces más gentiles que ciertos especímenes humanos.

Abrecampo, el par de la izquierda, con sus pintas negras sobre aquella corpulencia gruesa y blanquecina, tenía una mirada peligrosa, más bien algo fajadora, una manera bastante intrigante de reconocer el mundo desde unos ojos saltones que parecían levantarme en peso cada vez que me atrapaban de improviso, mientras yo, con mis cinco años, intentaba armar el paisaje a un costado de la vereda.

El otro no, el otro resultaba menos temerario en apariencias. Con tez azabachada, su marcha lenta como en un letargo obligaba constantemente a abuelo a maltratarlo con aguijonazos en la espalda. Y en medio de aquel silencio natural, en el que solo se oía la fina levedad de las cañas en movimiento con la descompostura pasajera del viento, irrumpía entonces el viejuco ya sudoroso y medio encabronado: «¡Rompemooonte... Abrecaaaampo...! ¿Qué se creen estos animalitos, chico, que no van a trabajar más? Al momento, los dos se acoplaban sobre el surco, tal vez    exhaustos y contrariados por la mímesis angustiosa de un único ejercicio, para seguir con el sugestivo rastrilleo de una diversión hacendosa.

Ahora, cuando muchos labriegos se empeñan, por la entendible lógica de la comodidad, en la rotulación que delinea la araña mecánica de un tractor colocada a ras de tierra, los bueyes de mi abuelo se resisten a quitarse el yugo, desde una añoranza mayúscula que no deja sucumbir la tradición más personal e intimista.

Y es que el arte de arar es eso: remover las esencias para que aflore con el tiempo la plenitud del crecimiento; penetrar en busca de la savia que permanece encriptada o escondida. Arar es mucho más que un viejecillo querido y una yunta de mamíferos atrapados por un yugo rígido. Arar, con el influjo de lo que uno hace, es romper todo el monte y la maleza que nos estorbe, para abrirnos caminos, autopistas, campos.

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