Todos tenemos algo que decir y enseñar

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

¿Puede un niño ser considerado un «bastardo»? ¿Tiene un recién llegado al mundo que soportar la responsabilidad que le pertenece a otros? Era un pequeño de tres años y pelo castaño, que le cubría la frente. Lo sostenían en brazos y el niño dejaba caer su cuerpo sobre los hombros de su mamá. «Voy para el círculo», le comentó la mujer a una vecina y la señora saludó afectuosa: «¿Ya el muchachito está mejor, se le pasó la fiebre»? Ante la respuesta positiva, se oyó la pregunta: «¿Y el padre qué dice?».

Sin dejar de caminar, la mamá se ladeó: «Viene a verlo el fin de semana» e hizo un adiós con la mano. La vecina permaneció mirándolos con una sonrisa entre cándida y compasiva. «Es una pena», dijo al cabo de un rato. «¿Por qué? —le preguntaron—. ¿Los padres están divorciados?». «No —respondió la señora y apuntando con un dedo a las dos figuras, que ya se veían lejos, murmuró—: «Es que el niño es un “bastardo”».

Inevitablemente las preguntas pueden, y de hecho tienen que surgir ante una lógica elemental. ¿Todavía existe ese criterio ante un hijo fuera de la relación legal? Y si es así, entonces ¿por qué un pequeño debe cargar un adjetivo cuyas acepciones, de acuerdo con el diccionario, conducen a considerar al pequeño como el que ha degenerado su origen?

Bajo esos significados, la condena por los actos de uno —los padres— es traspasada al otro, en este caso al hijo, es decir: el que no los cometió. La víctima convertida en culpable. Algo para reír si no fuera por cierta persistencia de un fenómeno como este. Porque resulta cuestionable que con tantas normas patriarcales derribadas, que no hacían más que ocultar las esencias y perpetuar las superficies, todavía debamos encontrar tales consideraciones, tan viejas como la humanidad misma.

Por eso, en este conflicto de paternidades, el orden de los productos debería cambiarse para que el resultado fuera otro. Conocidas referencias literarias de este drama se pueden hallar en dos de los documentos cimeros de Franz Kafka, La Metamorfosis o la Carta al Padre. Basta revisarlos y detenerse a lo largo de su dolor visceral, repasando el cariño frustrado de sus protagonistas, para descubrir que en materia de amores filiales quizá lo más acertado estaría en invertir los términos y ubicar lo «bastardo» no como un sello de vida sino en un criterio para medir la verdadera atención de los progenitores sobre su descendencia.

Así, en estos casos, lo espurio no habría que buscarlo en un niño sino en la conducta y la entrega de los padres y madres hacia sus hijos. Porque a fuerza de verdades, muchos pequeños concebidos y criados dentro de un matrimonio estable, con madres y padres bien casados, en la práctica han sufrido la mala atención que ciertas tradiciones le reservan a los que algunos llaman de aquel feo modo.

Para no mencionar el reverso de la moneda. La de padres que, una vez divorciados, extienden la ruptura a sus hijos, a veces con intencionado énfasis. De ahí que en un momento de sus vidas, convertida la descendencia en hombres y mujeres —y a la hora de iniciar el balance que todo humano hace— aparezca la pregunta: «¿Para qué me puso el apellido si lo más importante no me lo dio?».

Kafka puede estar en uno mismo, en cualquiera que ande por las calles y luche por superar ese conflicto amargo, visto en La Metamorfosis cuando el padre, con la anuencia de la familia, espanta con un periódico a su descendiente, el pobre Gregorio Samsa convertido en escarabajo.

Escena trágica, sin duda, pero que también constituye un canto del otro camino que se puede tomar en la búsqueda de la felicidad. Dicen que la verdadera paternidad es aquella donde los vástagos aprenden de los padres, pero en la que estos también tienen la posibilidad de mejorarse a través de lo que su descendencia es capaz de mostrarles. De descubrir y rectificar. De aprovechar una oportunidad que le dan sus retoños para superar viejas heridas y encontrar nuevos caminos. Por eso, todos los hijos tienen algo que decir y enseñar.

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