Salvar el «todoambiente»

Autor:

Diego de Jesús Alamino

Cuando se habla de cuidar el medioambiente, en una primera aproximación pensamos en proteger los árboles, que nos suministran el oxígeno que respiramos; a los animales, en particular a los que están en peligro de extinción; a la capa de ozono que nos resguarda de la radiación ultravioleta proveniente del sol…

También puede ser que venga a nuestras mentes el no verter desechos en cualquier lugar, rechazar la emisión de esos humos negros que emiten algunos vehículos e industrias y hasta los ruidos que, en exceso, llegan al umbral doloroso de nuestros tímpanos.

La Enciclopedia Colaborativa Cubana (Ecured), al tratar el término medioambiente —que, por cierto, es obviado en reconocidos diccionarios—, precisa que: «abarca la naturaleza, la sociedad, el patrimonio histórico-cultural, lo creado por la humanidad, la propia humanidad, y como elemento de gran importancia las relaciones sociales y la cultura».

Si nos atenemos a este contenido que precisa la Ecured, tan agresivo al medioambiente es aquel que emite indiscriminadamente gases con su automóvil, como el que con ese automóvil no respeta los derechos viales o conduce irresponsablemente convirtiendo la vía pública en peligro potencial para transeúntes y otros vehículos.

Ofensivo contra el medioambiente resulta además quien transgrede la tranquilidad ciudadana con ruidos excesivos e inoportunos, con gritería y profusión de palabras obscenas; el que maltrata en cualquier lugar a otro ser humano, ya sea en el entorno familiar o cuando en algún sitio no nos atienden como es debido, se trate de una oficina donde se eternizan los trámites, un hospital en que el médico no se presenta a la hora o hasta una escuela en la que el maestro diferencia a sus estudiantes por sus potencialidades económicas y no intelectuales.

Cuando usted no puede dejar una bicicleta en un lugar sin el peligro de que sea robada, se está violando la tranquilidad ciudadana, que es otra arista del medioambiente. Si en la pesa de cualquier mercado o en una tienda, dependientes inescrupulosos laceran su economía al no darle lo que le corresponde o con la debida calidad, están afectando su medioambiente.

Los fumadores que por una extraña satisfacción obligan a otros —incluyendo niños y hasta sus propios familiares— a fumar, lesionan el medioambiente, al igual que lo hacen quienes, sin importarles que permanecen en una funeraria, una discoteca, una sala de conciertos, un hospital o un centro de estudios, no tienen en cuenta que la presencia personal debe estar en articulación con el medioambiente.

Como la palabra medio, significa la mitad de algo, creo que en este caso no es posible conformarse con la mitad de ese algo tan importante para la supervivencia humana. Propongo entonces que del ambiente lo preservemos todo: lo natural y lo social.

 

El autor es profesor de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Juan Marinello, de Matanzas

 

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