Realidad que aparta versos y flores

Autor:

Julio César Hernández Perera

La mujer de 36 años de edad era la viva estampa del desamparo cuando llegó al servicio de urgencias de un hospital. Presentaba dolores al respirar hondamente; y su mayor angustia era tener alguna costilla fracturada.

A pesar de la preocupación y la dedicación del médico, ella ofreció tan solo detalles acerca de los hechos que la llevaron a estado tan lamentable. Dijo, a duras penas, haber caído accidentalmente por las escaleras.

El aspecto de unos terribles hematomas hacía ilógica la historia contada por la enferma que se comportaba de modo evasivo. Más de una pista apuntaba a un problema muy serio: el de la violencia doméstica.

Si tenemos en cuenta las escasas investigaciones realizadas o divulgadas en nuestro país, referentes a la «violencia contra la mujer», pudiera parecernos que el hecho antes narrado es una excepción. Sin embargo, aunque son insuficientes, recientes trabajos publicados en diferentes revistas médicas nacionales nos están anunciando otra realidad.

Resultan elocuentes, a modo de ejemplo, las conclusiones a las cuales condujo un estudio realizado en un Consejo Popular del municipio de Santiago de Cuba y publicado en agosto del año 2012 en la revista médica cubana Medisan. Con el título «Violencia contra la mujer en la comunidad», los autores del texto identificaron —mediante encuestas— que poco menos de la mitad de la mujeres de ese territorio habían sufrido algún tipo de violencia perpetrada por los hombres, ya fuera física o psicológica.

Es este un tema que también despierta preocupación en otras latitudes: en el mes de junio del actual año la Organización Mundial de la Salud (OMS) —en colaboración con la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, y el Consejo de Investigación Médica de Sudáfrica— publicó un informe titulado «Estimaciones mundiales y regionales de la violencia contra la mujer: prevalencia y efectos de la violencia conyugal y de la violencia sexual no conyugal en la salud».

En el mismo se destaca que más de un tercio de las mujeres del mundo han estado afectadas por la violencia en algún momento de sus vidas, y que los maltratos perpetrados por la pareja son los más frecuentes.

También se detalla en el citado informe acerca de los impactos negativos de estos hechos que pueden ir desde asesinatos y lesiones físicas muy graves, hasta complicaciones vinculadas con los embarazos no deseados —abortos y niños con bajo peso al nacer—, la adquisición de enfermedades de transmisión sexual (como la sífilis, la gonorrea y el sida), el alcoholismo, la drogadicción y la prostitución, entre otros flagelos.

La doctora Margaret Chan, directora general de la OMS, se ha pronunciado sobre cómo la violencia contra las mujeres es un problema mundial de salud, de proporciones epidémicas. Y ha exhortado a que las diferentes naciones del mundo hagan más en pos de revertir tal situación.

Según distintas investigaciones, la percepción de apoyo de las víctimas es generalmente insuficiente por parte de los sistemas de salud, quienes deben ser capaces de sugerir eficazmente alternativas acertadas para enfrentar el problema y ayudar a las víctimas a tomar decisiones correctas.

Se impone atender, si de ir a la raíz se trata, el poco apoyo familiar y social con que cuentan muchas mujeres. Las víctimas de la violencia suelen poseer muy poco sustento afectivo, ayuda, seguridad y confianza; hechos que de ser bien contrarrestados podrían redundar en que la mujer se sienta protegida, y sobre todo, respetada y valorada.

La esencia de estas últimas consideraciones también aparece en muchas de las ideas desarrolladas por José Martí. En uno de sus pensamientos él afirmó que «Los hombres deben hablar en verso a las mujeres / De rodillas y con un ramo de flores en la mano».

Sus palabras, claras y llenas de delicadeza, me hacen pensar en la historia de la víctima con que comienza este artículo. Ella, tristemente, forma parte de un mundo urgido de mayores intervenciones en contra de lo que podríamos calificar como epidemia que entraña violencia, desprecia el verso y, por supuesto, la elegancia de las flores que tanto merecen las mujeres.

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