De cuentos y locuras

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Manacal, casi cuatro décadas después, se extraña a sí mismo, no se halla en medio de tantas soledades, ya no sabe cómo matar el aplomo de sus tardes campestres sin el pitazo del tren, aquella suerte de éxtasis sonoro que marcaba el ritual de regreso del guajiro a casa, y anunciaba el momento de asomarse a la ventana, buscando ver, bien por azar o al menos por error, el sorprendente arribo, con el ocaso, de algún posible forastero.

Había que estar chiflado, y todavía hay que estarlo, para bajarse, sin ton ni son, en esa intersección de vías férreas y caminos estrechos; había que dejarse llevar por el desquicie, querer vivir una aventura, como, al parecer, lo procuró aquel mozalbete que llegó un buen día, bajo  lluvia y truenos comparables con raíles de punta.

Tantos años esperando a que alguna figura incógnita tocara suelo «manacalero» y nadie lo vio bajarse. ¡Casualidades, caramba!

Ahora, entre los pocos sesentones oriundos que permanecen en este disperso caserío del noreste villaclareño, nadie recuerda, «a tormenta cierta», cómo fue el advenimiento: si su equipaje andaba pesado o ligero, si traía consigo mucho más que aquella guitarra que le acompañaría por las noches del campo como su novia compañera. Tampoco se sabe a estas alturas dónde logró pasar las furias del vendaval de bienvenida que sobrevino con el aguacero.

¿Su nombre? ¡Hummm! Ese fue siempre su mayor secreto. ¡Oye, que no hubo manera de que lo «soplara», aunque fuese en broma, con esa misma naturalidad con que profería sus cuentos, o mejor dicho, sus inventos, asombradores, exquisitos hasta la exageración!

Decía que sus padres lo habían bautizado con un mote diferente para cada día de la semana. Y aprendió a exigir con fuerza que lo llamaran como él quería: el lunes, Mario; el martes, Alberto; el miércoles, Omar; el jueves, Angelito; el viernes, Víctor; el sábado, Lázaro; y el domingo, pues del domingo no alcanza a acordarse, por mucho que lo intenta, el buen abuelo que me ha ayudado a descifrar las simpáticas andanzas de este joven bohemio.

Por eso de no identificarse como todo el mundo, enseguida se ganó el apodo de loco. Y respondía feliz porque presumía de serlo: loco pa’ aquí, loco pa’ allá, loco de remate, loco de atar... loco guatequeador, loco músico, loco enamorado, loco dicharachero, loco chévere, loco silvestre, loco misterioso, loco que aceptó vivir en una casa de tabaco, a como fuera, a cambio de nada, luego de ganarse la confianza por demostrar que sabía pastorear y ordeñar las vacas, las chivas y las carneras, como Dios manda.

«Vine a trabajar», revelaba entusiasmado a todo el que le preguntaba, y así tendía a       disimular lo dudoso de su aparición, sin referencias ni motivos en el pasado que lo acercaran a esta discreta comarca de guayabitas silvestres, jauría de perros, toros guardianes a un costado de los portones de las casas, campos de maíz floreciditos, con las mazorcas «tiernitas», espigadas, como pidiendo a voces que las camuflagearan entre la yuca hervida, los boniatos del salcocho y la intensidad acalorada del típico caldero de viandas del almuerzo.

El susodicho jovenzuelo, con aquellas canas prematuras que ponían en duda una adolescencia estresada, estimulaba habladurías constantes, sobre todo para las abuelas de la «media rueda», temerosas ante la mirada con que él goloseaba a toda la muchachada doméstica de la zona, a la que le gustaba tirarle «puyitas» y le corría atrás como candela por el guano viejo.

Era el rey de las serenatas, el cuentero mayor de los velorios nocturnos. Como pocos, como nadie, aseguran muchos, alelaba hasta a los viejucos más cascarrabias y tercos cuando le daba a sus cuerdas.

Se convirtió en el santiguador de las cosechas, de las vegas, de los animales enfermos, de los partos prematuros, de los niños con calentura. Todos le achacaban una gracia especial, hasta aquella tarde en que, bajo otra lluvia inmensa, partió sin que nadie lo viera.

Aún ronda el misterio. Aún Mangute, Celia, Gabriel, Andrés, Josefa y Gina se preguntan cómo fue. Ya en Manacal llueve poco, y por suerte tampoco hace viento. Ya por Manacal casi no pasan trenes, pero igual... Ojalá llegara ahora mismo hasta allí otro forastero como aquel, con su guitarra, sus cuentos, sus locuras, sus enigmas...

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