La cultura de la actualización

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Tiene ante sí la cultura cubana hoy deberes enormes e ineludibles, recoge como nota capsular el llamamiento al VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), suceso que ha abierto un nuevo curso para pensar y repensar el arte y la vida nacional en sus múltiples aristas, variantes y expresiones; para desencartonar el razonamiento y la crítica fundadora y refundadora, especialmente desde los nuevos contextos de realización y apropiación que signan la creación contemporánea.

Y es que la cultura, para articularse como invención y acto artístico, necesita conducirse, primeramente, como lo que es, una vastísima garantía de supervivencia para el hombre y un derecho inherente a todo ser humano.

Basta que uno reconozca entonces las anchuras propias del concepto para que nada ni nadie quede fuera, para que no haya escuela, teatro, campo, recodo y bullicio de esquina que no tenga que ver con el fenómeno, o que no se imbrique en un «todo mezclado» con la sazón de ese gran «ajiaco» que nos define, al decir del imponderable don Fernando Ortiz, otro de nuestros descubridores más preclaros.

Sí, porque los bienes culturales y las instituciones son solo una parte en la reproducción simbólica de la sociedad, en la que el hombre se identifica, interactúa y concibe su mundo, que es el de muchos en conjunto.

Estamos otra vez ante un ejercicio provocador, valiente, abierto al desprejuicio. Por ello, a sabiendas de los rigores que impone por sí solo este meridiano complejísimo de cambios en el que se halla la sociedad cubana, no hay, ni puede haber, derecho a la abstinencia cultural, que de algún modo pudiera traducirse como el desentendimiento por la suerte del otro, esa práctica reaccionaria en sí misma que corroe a no pocos como enemigo lento y aplastante a la vez; ese reducto ácido de la individualidad que descompone la frescura y el impulso orientado a hacer, conquistar y asumir.

Resulta ridículo que perviva aún la errónea concepción de distinguir algunas de nuestras expresiones culturales con distancia y extrañeza, con apatías y principios inmóviles, como eso que «no me toca», al reducirlas por axioma a bases meramente elitistas, en una Revolución que desde sus años fundacionales llevó el ballet, el cine, la ópera y la danza hasta los rincones más insospechados de la Isla, en una comunión especial con lo tradicional, lo popular y lo criollo, como ejercicio revolucionador de una cultura única, entre las muchas culturas, por no decir movimientos, tipologías o formas de contribuir a la espiritualidad de la nación, que se han gestado y regenerado en el último medio siglo de Cuba.

¿Cómo no considerar entonces parte de nuestra estación cultural de hoy a mis tíos en su conuquito, viendo cómo negocian con Acopio todo lo que no se acopia; o a mi barbero, ahora con su «negocito» arrendado; o al vendedor ambulante que en tiempos de actualización y cuentapropismo se desgarganta haciendo por salir de sus pastelitos llevados casi a domicilio; o al folclor candonguero de nuestros «arropados» portales y a esa procesión de pizzas, discos y frozzen por dondequiera?

Decía uno de los más lúcidos intelectuales cubanos del siglo XX y principios del XXI, el gran Alfredo Guevara, maestro de generaciones de jóvenes: «La cultura no es solo la enseñanza artística. La cultura es mucho más y mucho más compleja. La cultura es la sociedad. La sociedad misma es el resultado de procesos históricos en los cuales se van integrando diversos rasgos y experiencias, unas bien aprovechadas y otras apenas aprovechadas».

Cauce de los efluvios más reverberantes de un país que evoluciona desde sus estructuras más profundas, con un cambio que implica renovados conceptos y apreciaciones en torno a cuestiones estratégicas para el funcionamiento de la economía nacional, la sociedad como sistema y la salvaguarda del proyecto sociopolítico en construcción, la cultura también muta, y está llamada a transformarse en su eje institucional, si no es que ya va transformándose.

¿Acaso los contenidos y representaciones de una puesta escénica, una obra cinematográfica o un texto literario que se afinquen sobre lo cubano como propósito, no están obligados hoy a nutrirse de referentes múltiples de lo nacional, tocando la experiencia del hombre en su práctica habitual, para desde ese modo naturalizarlo y democratizar lo que propone con el trabajo?

Por tales razones, plantearnos a esta hora un acercamiento con enfoques constructivos y críticos a lo que se hace en términos culturales, es acudir, inobjetablemente, al espacio en que vivimos, a esas formas con que vamos desencadenando la realidad por sus miles de vericuetos.

Hay que asumir la cultura de la actualización, la de los nuevos modelos de gestión, esa otra que ya va marcando el resultado de una necesidad histórica y social concreta. Es la misma que hará del arte y sus muchas maneras un tema de profundos debates, la que apela también a la eficiencia del trabajo y a lo mejor de la creación, la que nos une e inspira a todos: la cubana.

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