¿Quiénes son «la gente»?

Autor:

Alina Perera Robbio

«La gente es tremenda…», se dice. Con esa frase, tan de nosotros, un maestro y colega dio paso, hace algunos días, a cierto diálogo que ambos sostuvimos para un espacio radial. El punto de partida fue mi propuesta de un tema alusivo a cómo muchas veces caemos en la trampa, o en la indiferencia inconsciente, de señalar lo negativo, lo que nos incomoda, avergüenza o inspira desprecio, como algo ajeno. Es un engaño que lleva incluso a hablar de Cuba como si no viviéramos en ella.

«La gente», como nube inasible, como ejecutora abstracta,  es, según un modo de hablar en el que a veces no reparamos, la que no ama el entorno, la que medra, la que devasta espacios públicos, la que lo mismo se roba una estatua dorada en la ciudad que una suma equis de dinero detrás de un mostrador (o en otros espacios). «La gente» es la que habla mal, la que no sabe interpretar, la que ha olvidado los buenos modales y la elegancia, la que no sabe nada de nada, la chapucera, la irrespetuosa. «La gente», en fin, es la que «está acabando».

Pero —sin perder de vista que hay virtud y su negación, que hay gente mejor y peor, que unos (según las circunstancias) son culpables, o inocentes, o cómplices si hablamos de lo malo—, pregunto si no sería más saludable, honesto y restaurador no olvidar que nosotros formamos parte de la gente, y que para otros, de seguro, somos parte de ese ente ajeno  mirado desde lejos, casi con resignación y pesimismo cuando se habla de una dolencia social.

Dentro de «la gente que no es fácil», estamos cada uno de nosotros, haciendo mejor o peor las cosas, y aunque no lo queramos vivimos conectados por hilos evidentes o invisibles, parados sobre un mismo gran escenario objetivo que genera otros más pequeños, los cuales a su vez reflejan un universo de actitudes que no nos son ajenas, pues gravitan y nos tocarán el hombro, y exigirán tomar decisiones en el momento más insospechado.

Si en un aula un educador —y pongo este ejemplo aunque venero a todos los maestros por su función y creo se merecen un mundo de apoyos y premios— tiene dificultades al impartir una materia, nuestra posición no debería ser, desde una silla alta, insultarnos por el suceso, sino meditar sobre las causas, sobre un proceso formativo tal vez apresurado y preñado de lagunas cuyas aguas terminaron lamiendo el pupitre de los más pequeños. ¿Cuántos de «la gente» habrán tenido que ver con esa cadena de infortunios y de imprecisiones? Me parece que sería mejor involucrarse en un intento por ayudar, por al menos enfrentarnos a la punta de un iceberg en vez de mirar, alicaídos, como esa dinámica nos daña y amenaza con hipotecar el futuro.

Si alguien transgredió la ley, se impone, antes de ser visto como material humano desechable, una infinidad de interrogantes que tienen que ver con el silencio o «el dejar hacer» de quienes estuvieron a su alrededor: la culpabilidad, aunque tiene nombres y apellidos al igual que la virtud, no es un ensayo al vacío; nace en un espacio, conectada a múltiples causas que no nos resultan ajenas.

Si hay «gente» que no nos agrada tomando decisiones o dirigiendo empeños colectivos, no debemos olvidar, en una compleja ecuación de causa- efecto que en algún punto tal vez toca nuestra línea de vida, cuántos «talentosos» se abstuvieron de asumir espacios. Si hay actitudes que nos avergüenzan, porque «la gente es tremenda», debemos recordar que no por gusto, en un acto de profundidad y coraje, el maestro Cintio Vitier expresó una vez que quienes se nos iban del país, quienes erraban, quienes tomaban los caminos más negativos, también eran nuestros.

Y sigo apreciando en esa idea el gran reto que hoy tenemos cuando luchamos por mejorar el país, por hacerlo más eficiente y humano. Y sigo apreciando el valor de aquel ejército de jóvenes trabajadores sociales que, hace más de una década, salieron a auscultar y a diagnosticar, comandados por Fidel, y en un acto que buscaba causas, los desafíos que golpeaban a la familia cubana.

En verdad hay quien toma decisiones, hay quien traza estrategias, y hay quienes las hacen suyas, les dan cuerpo, las acatan tras procesos más o menos inclusivos. Ciertamente en el tema de la responsabilidad hay gradaciones. Pero también es cierto que, de muchas maneras, todos tenemos el deber y el derecho de formar parte consciente de la suerte de la nación, y si el camino para repartir mejor la carga es avanzar en el estilo participativo, entonces corramos los límites en esa dirección.

Pensemos, en un último ejemplo, que una ciudad sucia y fea es hija nuestra, y que a fin de cuentas las esquinas y las portadas de los edificios, si nos desagradan, no son de otro mundo sino del nuestro, y que terminan minando nuestros estados de ánimo como una gripe mala que hay desterrar. Pensemos que lo que nos duele no es culpa de «la gente»: nos concierne, y algo hay que hacer, aunque sea pequeño. Y que la incomodidad, en primer lugar, es con cada uno de nosotros, que a veces no damos el primer paso para un rompimiento que nos lleve de sujetos a actores, y de actores a protagonistas dentro de una «gente» que también es «tremenda» por las buenas cosas que día a día, en medio de la complejidad y la adversidad, logran emprender.

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