Diálogo entre madres - Opinión

Diálogo entre madres

Autor:

Nyliam Vázquez García

—Tengo unas ganas de que regresen los Cinco —dice Irma Sehwerert. Primero por ellos, también por nosotros.

—Es que 15 años es mucho tiempo —agrega Magali Llort.

—Y lo de Gerardo, cuando pienso en él se me estruja el pecho —la voz se le quiebra a la madre de René González.

—Sí, es que todos los demás, aunque lejana, tienen una fecha. Ramón son 30 años, todavía faltan 15, pero tiene un día marcado; Gerardo ni eso.

—Gerardo es tan especial, es un muchacho fuera de serie.

—Con ese carácter, que logra bromear, que ni siquiera se permite transmitirle a uno ninguna sensación de pesar. Mi hijo (Fernando), siempre me lo dice, que Gerardo es un hombre excepcional.

—Hay que seguir luchando para traer a Gerardo, para traerlos a todos.

Irma y Magali, de camino al Coloquio de Holguín, piensan en ese hijo condenado injustamente a morir en cárceles estadounidenses. Ellas hablan como en un susurro, no hay un público que convencer de la verdad, son ellas y sus angustias en un diálogo de madres.

Con más de 70 años a sus espaldas, una y otra no son solo los puntales de dos familias marcadas por 15 años de injusticia, sino miembros de la familia extendida, esa que, aunque René esté en casa después de haber cumplido toda su sentencia, o Fernando esté a punto de cumplir la suya, sigue defendiendo el regreso de Cinco hombres buenos, porque siguen siendo cinco.

Cada una individualmente tendría razones para que el acto de colocar la cabeza en la almohada llevara menos pesares. René ya disfruta de su familia, ya puede ver crecer a su nieto, abraza a sus hijas en las mañanas, va de la mano de su Olguita, duerme todos los días bajo el cielo cubano. Fernando cumplirá su condena en febrero de 2014, y eso podría significar, en dependencia de cuánto tome su proceso de deportación, el abrazo, el plato de yuca con mojo en la mesa de Magali, la reunificación familiar después de tanto. Pero ni Magali ni Irma estarán completas hasta que Tony, Ramón y Gerardo estén también en sus casas, porque ellos también son sus hijos, porque René se siente un poco preso, mientras sus hermanos estén tras las rejas, porque será ese un sentimiento compartido con Fernando.

No es casualidad que en la mesita de noche de Magali, junto a la foto de su «Fernan» haya una foto de Gerardo, tampoco que las primeras palabras de Irma de camino a Holguín llevaran el suspiro profundo por esa ausencia y la preocupación constante por él, aunque su hijo ya está al alcance de un beso.

La familia estará incompleta hasta que todos y cada uno lleguen a casa. Las madres, que no son solo las madres de sus hijos, sino las madres de cinco muchachos, se entregaron sin reservas por el bien de todos. No hay descanso para ellas, que también son heroínas. A pesar de sus años, de esas cabelleras blancas, de tantas lágrimas, siguen en esta lucha que solo terminará con el regreso definitivo, con la certeza de que Gerardo no va a morirse en prisión como pretenden.

La convicción de las madres es única, por eso siempre sorprenden su espíritu, su voluntad de levantarse, de hablar una y otra vez sobre aquello que las conmueve, las afecta, les roba el sueño.

Sin embargo, no hay nada extraordinario en ese diálogo tejido desde el dolor y la ternura. Podría haber sido Nena, la madre de Ramón; Carmen, la madre de Gerardo, quien murió sin poderse despedir de su niño; o Mirta, la madre de Tony con sus más de 80 años: así son las madres de los Cinco, así son las madres cubanas.

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