Señales

Autor:

Herminio Camacho Eiranova

Toda mutación en la forma de ser de una persona que por inesperada llega a sorprendernos, con seguridad tuvo una historia. La génesis de cualquier transformación, entendida como el paso a un nuevo estado —es decir, el surgimiento de algo cualitativamente diferente—, es resultado de sucesivos cambios —cuantitativos, diría Engels—, que pueden ocurrir, según el prisma con que se les mire, de una forma vertiginosa o con una lentitud desesperante, sin importar que su duración sea de apenas unos nanosegundos o de decenas de años.

Así, si se quiere a alguien hoy, no se le deja de querer al día siguiente, ni siquiera como consecuencia de la más cruel de las decepciones. De la misma manera, nadie se convierte de virtuoso en miserable de la noche a la mañana. Por supuesto, puede suceder que un día ya no se ame más a quien ayer se amaba, y que quien alguna vez fue honesto ya no lo sea, pero para ello entre un momento y otro, entre el antes y el ahora, tuvieron que mediar diferentes fases.

De este proceso siempre existen huellas, señales, en las que por alguna causa muchas veces no reparamos, ya sea por la imposibilidad objetiva de nuestros sentidos y nuestra razón para apreciarlas, o porque algunas de ellas son solo destellos perceptibles para testigos privilegiados, ubicados en el instante y lugar apropiados; o porque pueden haber sido enmascaradas de tal modo que para distinguirlas se requiere de un empeño especial, de habilidades o de un entrenamiento que no todos tenemos; o porque no prestamos la suficiente atención a lo que de otra forma no hubiera pasado inadvertido.

Quizá en nuestras distracciones radique, en alguna medida, la explicación de que en no pocas ocasiones sean ignorados, por todos —o por casi todos, para no pecar de absolutos—, indicios objetivamente discernibles y evidentes. Sin embargo, ello no debe atribuirse invariablemente a descuido o negligencia; existe una especie de inercia de los procesos mentales que con bastante frecuencia nos lleva a apreciar las cosas no como son en realidad, sino como creemos que deben ser, o incluso como queremos que sean, o a atribuirles los significados habituales, que pueden no ser los que tienen en el actual contexto.

Precisamente en lo difícil de hacernos a la idea de que lo que era de una determinada manera ha cambiado, reside una parte no despreciable del éxito del ilusionismo, que no es sino un engaño deliberado de los sentidos, usualmente con fines de entretenimiento, pero igual puede reportar singulares beneficios a ciertos «aprendices de mago» o a verdaderos especialistas en el arte de hacer desaparecer lo ajeno en su provecho, así como a otros profesionales de la falacia y la mentira.

No obstante, conociendo que tal tendencia existe, debemos aguzar nuestros sentidos y estar atentos a cuanto pueda indicarnos que algo —o alguien— en nuestro entorno anda por el camino equivocado, de modo que no nos desconcierte lo que era perfectamente previsible, y podamos tomar a tiempo las decisiones más convenientes para todos, que nos preserven de males mayores. No se trata de ver fantasmas donde no los hay, o de buscarlos cuando quizá no existan pues, como afirmara Martí, se ha de tener fe en lo mejor del hombre; pero también, como él mismo señalara, se ha de desconfiar de lo peor de él, o lo que viene a ser lo mismo, esta vez ateniéndonos a la sabiduría popular: se debe confiar, pero no dejar de controlar.

Y es que en un entorno dominado por la impunidad es muy probable que un error nos lleve a otro, y este último a otro más, y así se vaya tejiendo una cadena interminable de extravíos que puede arrastrarnos a abismos insondables de cinismo y falta de escrúpulos. A esto se refería un capítulo recientemente transmitido de una gustada serie televisiva, en el cual una persona que había cometido un crimen abominable en el pasado guardaba celosamente una prueba comprometedora de este, según confesó, como recordatorio de lo profundo que puede caer un hombre si oportunamente no se le detiene.

Es por ello que debemos sentirnos responsables cada vez que alguien tuerce el rumbo si estaba en nuestras manos evitarlo y no lo hicimos, porque teníamos la posibilidad y no percibimos las señales, o las notamos y nos quedamos de brazos cruzados cuando hubiera sido suficiente una alerta, una advertencia o una crítica oportuna —en ciertas coyunturas se requieren curas radicales—, las que siempre agradecerán quienes tienen al menos una pizca de vergüenza. Lo que sería verdaderamente imperdonable es que desviemos la mirada o volteemos la espalda, simulando que no existen los problemas, bien sea por complicidad, o por creer que puede tener solución aun sin que nos involucremos, o que son otros los que deben resolverlos.

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