La vida pendiente de una cadena

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

No lo niego: hasta hoy lo he amado casi con frenesí. Y quienes conocen de amores difíciles, bien saben que no resulta fácil abandonarlo definitivamente, aunque en el fondo seas consciente de que esta relación de amor-odio, de estira y encoge, ya no da más. Por eso espero tener suficiente fuerza de carácter para poder aplastarlo, para no disfrutarlo más en mi boca, para no sentir la necesidad de retenerlo en mis manos hasta que cada uno de mis poros huela a él...

Con lo que ocurrió esta vez, en que me la hizo «buena», mis diferencias con el cigarro son irreconciliables. Es imperdonable la traición que le orquestó a mi corazón, al que dejó indefenso para que pudiera ser castigado con un dolor infinito, como si de repente fuera una de esas pelotas flexibles que, ya imposibilitadas de aguantar la presión de manos atormentadas por el estrés, explotan.

Entonces supe que el cigarro, y mi vida desordenada —digamos toda la verdad—, me habían hecho una «cama» donde me dejaron tendido con un infarto de cara inferior, lejos de mi tierra por adopción, justo cuando me proponía ser testigo del festival de trova Canto adentro que organiza la Asociación Hermanos Saíz en la Villa Santa María del Puerto del Príncipe, hermosísima siempre a pesar de sus cercanos cinco siglos de existencia.

Y yo, que hasta ese momento creía que se trataba de un inaguantable dolor muscular, escuché aquella palabra que apenas tuve tiempo de interiorizar. ¿Infarto? ¿Así se iba a acabar mi andanza por este mundo? No veía ni la luz ni el largo túnel que, dicen, presagia el final.

Fue un momento triste, porque al menos esperaba que en ese instante en que la vida pende de un hilo, pasaran ante mis ojos los más grandes, e incluso los más mezquinos, recuerdos de mis 46 años. Pero, por suerte, todo se quedó en blanco para poder oír con claridad absoluta que no me dejarían ir así de fácil.

En un inicio, me lo repetían las tranquilizadoras voces de médicos y enfermeros del servicio de Urgencias del Amalia Simoni —sobre todo de ¿Adrián? (juraría que ese es su nombre, aunque según el informe, el equipo lo dirigía el doctor Jorge Alfredo Acuña)—; y luego, aquel frágil hilo comenzó a coger robusta consistencia, como de metal indoblegable, y a tomar forma de esos eslabones que se van cerrando inquebrantablemente cuando se trata de solidaridad, de camaradería, cuando se trata de verdadera amistad.

Creo que durante esos días en Camagüey no hubo un enfermo más atendido, mimado, buscado; más cuidado, que este servidor. Ni siquiera me atrevo a pensar que lo que sucedió conmigo en el Servicio de Cardiología del Hospital Provincial Manuel Ascunce Domenech haya sido un milagro. Tanto sentido del deber, profesionalidad, ética, entrega, responsabilidad..., no puede ser obra de la casualidad.

Alejado hasta ahora totalmente de los hospitales, me había dicho que esas cualidades ya escaseaban en nuestros centros asistenciales, pero he comprobado que esas tamañas virtudes que siempre han distinguido a los galenos del patio permanecen intactas, a pesar de que con cada una de sus esforzadas historias personales se pudieran escribir interminables capítulos de unas Urgencias Médicas a lo cubano.

También ellos andan en bicicleta o las inventan para cumplir con sus obligaciones; también a ellos les cuesta llegar a fin de mes, cubrir las necesidades de sus hijos o buscar quién se los cuide (asimismo a sus abuelos y padres ya achacosos), terminar la construcción que parece eterna, o hacerse de sus casas... pero no pierden la sonrisa ni el buen trato. Se esmeran porque tu corazón sane, se aferre esperanzado a la vida.

No lo determina que sean reconocidísimos especialistas como Elizabeth Sellén, Rafael León y Ángel González; prometedores residentes nombrados Evelyn Pedroso, Enmanuel Hernández y Armando Figueredo, o la tropa de enfermeros únicos que encabeza la licenciada Amelia Salomón y secundan María Ela, Mayra, Anny, Yohandra, Argelio, Boris...; aunque igual no puedo dejar de decir que tal vez no estaría listo para escribir estos agradecimientos sin el modo como me asistieron esmeradamente los cuatro ángeles de José (nada que envidiar a los de Charlie): mis dos Marlene, Aileen y Norkis. A todos, y a medio Camagüey, mil gracias.

Ojalá y se aleje de mí otra experiencia similar, pero, si llegara ese momento, con gusto les dejaría mi corazón y mi vida (como ahora lo hago con los especialistas del Hospital Universitario Clínico Quirúrgico Comandante Manuel Fajardo), aunque estas sean las últimas manos que lo intenten.

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