Ricardo

Autor:

Marianela Martín González

Lo busqué en Facebook, donde acordamos encontrarnos cuando yo regresara a Cuba. Pero hallé a muchos Ricardos y ninguno con su perfil, a pesar de que tuve el cuidado de escribir en el buscador su nombre como él lo deletreó, en medio de una despedida que todavía me duele.

Ricardo, el que busco en la red social, no tiene un sobrenombre distinguido como el monarca inglés Ricardo I, ícono de los caballeros medievales por su protagonismo en la tercera Cruzada de la cristiandad, convertido en leyenda romántica y apodado Corazón de León.

Sin embargo, como el Rey de Inglaterra, este ecuatoriano de 18 años carga una cruz, y no precisamente incrustada en un escudo sino tatuada en su alma, la cual desde hace cuatro meses intenta soltar en el Centro de Psicoterapias Censico— fundación ubicada en la ciudad de Guayaquil, con más de 20 años de experiencia en tratamientos contra adicciones—, adonde llegó por iniciativa propia para dejar de ser un rehén de las drogas.

La cruz del Ricardo que procuro pesa toneladas de fracasos. Por atarse a ella perdió su trabajo en Termoguayas, una moderna planta de energía termoeléctrica, donde laboraba como técnico y recibía un salario envidiable en un país lacerado por el desempleo, a pesar de los programas implementados por el Gobierno para reducir este flagelo generador de tantos dilemas sociales.

Ricardo me contó que en busca de la aprobación de los pillos del barrio se dejó atrapar por la heroína a la edad de 15 años, dejando en cada consumo sus mejores sueños. Así se convirtió en un derrotado que ha perdido casi todas las batallas, excepto la que ahora emprende: escapar de un mundo de fantasmas provocado por la heroína, la marihuana y la cocaína.

Añoró ser el mejor boy scout de Ecuador (condición similar a la de los pioneros exploradores cubanos) y para lograrlo subió el Itchimbia, una montaña considerada hermoso balcón de Quito, a 2 929 metros sobre el nivel del mar, desde donde se lanzó a rapel a un precipicio para demostrar su valentía.

Dos quiteños le arrebataron los primeros escaños, según él, porque tuvieron a su favor la sede del evento y una mejor resistencia respiratoria, dádiva de quienes viven en ciudades altas, como la capital ecuatoriana, erigida a 2 800 metros sobre el nivel del mar.

El adolescente de Guasmo Norte, una de las zonas rojas de Guayaquil, mereció entonces el tercer lugar. Y poco a poco, entre bocanadas de marihuana y demoniacas dosis de lo «que apareciera» y lo hicieran «escapar», su sueño de campeón se deshizo en los recodos de la Plaza Montañitas, donde dilapidó el dinero que su madre le había ahorrado para que matriculara en la preuniversidad.

El 20 de noviembre del año que culmina, a Ricardo lo declararon los especialistas de Censico como un ciudadano rehabilitado, pero él rehusó irse a la calle hasta que no se sintiera plenamente fuerte como para no recaer, como les ha ocurrido a algunos de sus amigos.

Todavía le faltan herramientas para andar por Guasmo Norte con sus pesadillas a cuestas. Mientras duerme aún sueña que consume, y que en vez de irse a la casa toma el rumbo de Pusher Verde, que es sinónimo de regresar al infierno del que huyó, algo como reconciliarse con la Plaza Montañitas.

Aún busco en Facebook a Ricardo Tamayo. Ansío ver nuevamente su mirada noble, y cuando busque en su biografía de la red social encontrar un texto que diga: «Ex adicto sin retroceso. Comprometido nuevamente con Nesly Carbajal. Excelente técnico en electrónica, electricidad y mecánica. Alegre y soñador. Leal y nunca sumiso».

Así es Ricardo, aunque durante tres años su brújula se extraviara y fuera un ser desconocido que olvidó los preceptos de un scout: Dios, Patria y Familia.

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